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San Francisco

Karate


Mi primer profesor de karate no importa:
terminaba la clase más temprano
para irse a ver telenovelas.
Ahora está durmiendo, durmiendo en la colina.
El segundo era italiano, un cabrón. En el comedor de su casa
colgaba la foto de un maestro japonés
vigilando con mirada japonesa los almuerzos familiares.
Ahora está durmiendo, durmiendo en la colina
pero entonces impartía lecciones de honor:
Karate es control. Paciencia.
Resistencia a las tentaciones. La vista de acero.
Un martes no vino a la clase, y poco después se supo
que había disparado a su mujer, que tenía cáncer,
para llevarse luego el 38 a la boca; el Renault
quedó parpadeando al borde de la ruta
toda la noche, y a la otra semana
un nuevo profesor lo reemplazó, un tal Fabiola,
que se tomaba el trabajo a la ligera, y dejé de ir.






El país de las florcitas


Yo, entonces, podía verlos, resbalando de la cama al amanecer,
trabajando en bicicleterías, comprando gigantescos
equipos de audio, oyendo cuarteto,
hablando dormidos, roncando, durmiendo desnudos
en febrero, lavando el auto con una manguera, los
sábados y
viernes,
acechados, ceñidos,
enceguecidos por el relámpago en el que a veces
avistaban un pedazo del país de las florcitas.
De chicos, cargaron baldes y bidones de
una canilla pública, a las nueve de la mañana, y
otra vez a las cinco o seis de la tarde. Había una guerra
ahí. Un albañil incendia la casa de su viejo y
luego declara:
cuando tenía pesadillas,
le aullaba para que entrara corriendo, y nada,
no venía. También se culeaba a mi hermana.






Perdigones


Septiembre. Papá anda inquieto por la casa,
se prepara un gancia, hace zaping en el televisor,
se va a ver a los vecinos jugando a las bochas en el campito,
y vuelve a entrar y sale, y no sabe qué hacer con las manos.
Rueda viento tibio sobre el pasto, despertando
semillas olvidadas el año anterior. Temporada
de veda. Liebres nuevas, vestidas en baba caen al polvo
una por acá, otra más allá, todas con los mismos
aterradores dientes. Papá sueña con el ruido de sus botas,
la escopeta dormida en el brazo, el acecho,
volver fumando, con un atado de liebres en el baúl,
para que la abuela prepare las conservas que
comeremos el domingo, al mediodía,
tratando de no morder los perdigones.


Roky 5


Un alemán llegó con un serpentario. Iba
por los pueblos mostrando su colección de yararás, culebras,
una pitón gruesa como manguera de bombero. Mientras los
chicos golpeaban tiky, tiky,
la uña contra el vidrio de la jaula
el gringo explicó modos de vida, reproducción y
deceso, las fases corrientes de todo animal que languidece.
También tenía un alacrán. Y un Bull Terrier
que no sobrevivió a una pelea. Acá los perros
no tardan en escapar y volverse agresivos; no se
sabe porqué pero andan cerca de las vías
o la estación de peaje, y si muerden a un chico
los municipales los cargan en el rastrojero
y desinfectan la piel con alcohol, y clavan la anestesia, y abren
y operan y cosen. Cuando estaba sano trabajé
en la máquina moledora de la carnicería de papá. Era
un trabajo como cualquier otro, ni mejor ni peor
que el del alemán, por ejemplo.







Un tornado pasó por acá

Un tornado pasó por acá y mató a mucha gente.

Un tornado pasó por acá y hubo gente dormida,
en coma, inconsciente, distraída o muerta que no lo notó.

Un tornado pasó por acá y voló el techo de Rivalta.
Entró la lluvia a su hogar. Se le mojó
la mesa tendida. Por mucho tiempo Rivalta durmió
en el estadio de básquet del Club San Isidro,
sobre las colchonetas que se usaban para gimnasia corporal.

Un tornado pasó por acá y trajo granizo. Piedras grandes
como pelotas de ping pong, que arruinaron la pintura de los autos
y agujerearon las persianas de plástico; aún hoy
hay algunas persianas agujereadas.

Un tornado pasó por acá y a la mañana
había millones de insectos muertos.

Un tornado se llevó volando un perro. Tumbó los postes de luz,
el cable, el teléfono.

Vino Dios a soplar y se lo llevó. Salía cielo entre nubes livianas.






La Nochebuena de mil nueve ochenta y ocho


Dócil es la piel, dócil y vieja
es la piel de las enfermeras
del Hospital San Justo, dócil y
con olor a caramelo media hora.

Suenan los caramelos
en el bolsillo del delantal.

Alcanfor
para la ropa interior. Ellas
creen firmemente en la densidad de los
miembros mutilados, y se arrugan y cuando
se quitan el guardapolvo sueñan con
una bolsa de agua caliente entre los pies.
Y a veces se inclinan para rezar, extasiadas.
Que a los chicos no les pase como a mí,
que tuve que ser cosido en un dispensario
oyendo los festejos de la A.M. (la música mala y mal sintonizada)
en la Nochebuena de mil nueve ochenta y ocho.








El techo del vecino


Y un día papá compró un caballo. Habrá creído
que solucionaba todos sus problemas,
que iba a cerrar la carnicería, empezar a tomar whisky,
fumar puros en bata y cosas así. En cuanto al caballo:
se llamaba Fotón, y tenía una mancha entre los ojos
que le bajaba hasta el hocico. Todavía puedo
olerlo. La cosa, como es sabido, no funcionó,
y mamá abrió la puerta de la jaula donde teníamos
los cardenales y el tordo. Siempre hacía eso cuando se enojaba.
Pero los pájaros se quedaban en el techo del vecino, desorientados,
y papá debía subir con un balde y una toalla para traerlos de regreso,
como el pastor con las ovejas perdidas. También: en enero
un relámpago feroz podía dejarnos a oscuras,
con una vela titilante sobre el modular
esperando que vuelva la luz.


Club Atlético San Isidro


Verano, siete de la tarde. Unos chicos
se quedan jugando en la pileta del club hasta que empieza a anochecer
y el bañero les dice que tiene que cerrar. El bañero es mala onda,
y no sabe resucitación cardiopulmonar, ni primeros auxilios,
ni nada. Es gordito, descremado, descendiente directo
de uno de los miembros de la comisión directiva. Se llama
Sebastián. Y ahora ladra hasta que los chicos corren hacia las toallas
con la piel de gallina, el agua chorreándole las piernas.

Apagaron las luces de los vestuarios
y la cancha de tenis; alguien olvidó
una bicicleta de carrera encadenada a un libustrín.
Pero el agua, por un rato, sigue pegando sin fuerza
contra el borde celeste, con el impulso de
los chapoteos y
las zambullidas.
Al día siguiente
el bañero mala onda recogerá, con una red,
los bichos extenuados de la superficie.



Árboles de mandarinas



Y en invierno, cuando estoy sin medias y el frío arrecia,
busco un par de borceguíes militares y me siento a leer
enciclopedias junto a la estufa de kerosén. Afuera, el árbol de
mandarinas deja a sus dulces ramas inclinarse.
Yo a veces me cuelgo de una para oírla crujir,
doblada sobre mi peso.
Acá el cielo parece no tener un límite preciso,
patina de un lado a otro
sin pliegues, idéntico a sí mismo, hasta toparse,
allá lejos, con un alambrado. ¿Quien no llama
como cuando los grandes
salían a la vereda para gritarle a sus hijos
que la comida estaba lista,
que era tarde y pronto caería la noche?

El guardián del dormir, durmiendo la siesta, ronca,
con una Selecciones abierta sobre el pecho. Sale la luna.


Boys scouts versus la sombra diurna


Palmaron las hormigas
palmó el surco que dejaban en el pasto,
palmó la vieja escuela bajo una escuela nueva
y la tristeza, la tristeza nos es más que
el terreno propio, dijo El Gaby que ahora es pastor
de una iglesia evangélica, pero también tuvo una banda de blues
y por un tiempo anduvo tomando merluza
con los de la Juventud Radical. ¿O eso fue antes? No importa.

Edificarás una quinta:
una ordenada fila de tomates, zanahoria y achicoria,
en una casa alejada del ruido, una casa que es tu sueño
de savia, en esa región de la que asoman
jóvenes limones.

Una hormiga muerta es un hecho imprescindible.




La sirena de los bomberos



Ey, culeado: doblá la ropa en cajas
de cartón con el logo de una marca de alfajores,
un par de bolitas de naftalina
para preservala de la polilla, regalá lo que sobra.
Levantá la persiana por la mañana, mostranos
a mí, a él, a ella,
lo que significa un verano con reposeras
al lado del río, lo que significa (si es que algo
significa) una casa a la que el lobo sopla, sopla,
sopla y no puede derribar. Nada falta
en el armario donde se guardan las compras del súper,
lecciones para enterrar a los muertos en febrero:
que el perro no tenga donde hacer su pozo. Es tu papá.
En el lavarropas se enguajaban sus sábanas. Afuera,
el altoparlante del emperador de los helados
juntando a los chicos del barrio para ofrecerles el trueque:
vainilla o dulce de leche por un cártilago fresco.

Crash Dummies

1.

Lo que canto es
el gorgoteo de una cañería.
Y ni hablar de dar un paso,
girar la cabeza en cualquier dirección, masticar.
Conectando una idea con otra
como un collar de fideos
no quedan chances de coordinar el parpadeo con
la respiración con
la mano que levanta
el frasco donde guardo las hormigas,
el atado de Parisiennes.
Dormido cuando debería estar despierto.
Me crecen las uñas.
Me crece la barba.


3.

Una silla de ruedas es:
una silla
con una rueda en cada lado.


4.

Se meten en una bañera
con un patito de goma,
y la radio encendida.
Riegan una planta.
Miran cuerpos
desnudos.
Cuerpos desnudos.
Miran películas de los sesenta
con el televisor sobre una pila de libros.
Duermen en el piso.
Miran a una planta crecer.
Compran una aspiradora. Lavan el auto.
Llevan a los chicos a la calesita.



7.

Ortopedia para los pies. Para las piernas.
Para el cuello. Para los dientes. Ortopedia
para corregir malformaciones. Para los esguinces, para
las quebraduras:
ortopedia, vendajes, ortodoncia.
Acero reemplaza
hueso. Titanio
reemplaza hueso. Vidrio reemplaza
la bolita mojada del ojo.


8.

No tengo hambre. No tengo
sueño. No tengo
miedo. No
tengo migrañas. Ni dolor en el estómago.
Ni en el nervio
que sujeta los dientes a la encía.
No tengo frío. No
tengo alpargatas.
No me gustan
las alpargatas.


10.

Quedan:
Uno: el índice oprimiendo
los botones del control remoto. Dos: una vejiga
que se desagota diariamente. Tres: Los párpados
alzados contra toda ley. Cuatro: La boca
abierta apenas para la respiración
con hilos de saliva que van
desde el maxilar superior
hasta el maxilar inferior.


11.

Compremos un Scania para ajusticiar
a lo que se interponga en el camino:
esa excursión de la tercera edad,
esos chicos uniformados,
esos poetas, esos artistas conceptuales,
esos intelectuales
preocupados por el futuro del país,
esos vendedores de estampitas.



13.

Las enfermeras son
gordas. El techo es
amarillo desteñido.
Mi compañero de habitación
está lisiado. Le amputaron
la pierna derecha. Cuenta
magníficos chistes verdes.



17.

Feriado. ¿Cuánto tardará un perro entumecido, digamos,
por el rocío de algo así como
la madrugada
en volver a utilizar las mandíbulas?
Veo:
un Peugeot partido por la mitad.
Una red de líneas imaginarias
delimitando zonas
de ligera luz:
La zona, por ejemplo,
de una mano cerca del cordón
con la palma hacia arriba
y el dedo índice, aún
temblando como tiembla
un cordero cuando lo degüellan.


18.

Cortes en el dorso de la mano. Raspaduras en el
antebrazo. Desprendimiento de retina. Estado
de shock.


19

A los árboles jóvenes
se los sujeta a un tutor
para que no se desvíen.
Para que los huesos no se me caigan a pedazos
fue necesario adherirme a clavos acerrojados endomedulares
en el fémur y el húmero. Una barra de titanio en
la cervical. Una placa de acero
sólido, que se hace toc toc si se lo golpea
en el hemisferio izquierdo del cráneo.
Soy un robocop
sentado en calzoncillos
en el comedor.


21.

Una vaca
conectada a tubos de suero. Una vaca
aturdida. Una vaca
cualquiera, no es
una vaca lechera.




23.


Voy a. No tengo ganas.
No tengo ganas de hacerme la paja. Tengo
ganas
de ver los cortes comerciales.



24.

Contabilizar la frecuencia de la respiración:
inspiración, exhalación, exhalación, inspiración.
Anotar los resultados
en libretitas de fiado.

Dibujar la cocina, dibujar una vaca,
dibujar
un autoretrato con cara de robot.

Mirar carreras de caballos en la tele. Mirar
partidos de golf. Mirar
una cirugía.



27.

Un autista es:
aquel que no distingue lo que sucede
de lo que no sucede. Un autista es:
el pálido jinete
de una ciambretta oxidada.
Un autista es: el que oye hablar de sus pecados
a los cuadros y los muebles.
Mala leche es:
un fin de semana con el cable cortado
y los vecinos
oyendo el partido.



31.


Miran a unos chicos
jugando al fútbol al costado de la ruta.

Miran el paso de un satélite
en una noche calurosa.

Miran sus ojos en el espejo del baño. Miran una estación de servicio
iluminada hasta la alucinación. Miran
vacas. Vacas. Vacas.




33.

No asiste a los velorios. El zumbido
de los tubos fluorescentes
le despierta reacciones alérgicas.
Anda en calzoncillos por su casa
con un equipo de palabras desgastadas
patinando por su mente. Cuando era niño
su padre dijo: esta es la pesadilla
y lo sumergió.
Ahora vive en el mundo sordo de los peces.

Buceo en aguas cálidas

(Publicado en editorial "Qué vamos a hacer hasta las seis" - 2005)




La claridad de la mañana
abriéndose ágil en un resplandor
acuoso, lava el color del
centro de las cosas: el agua clara,
el perro negro, los monstruos marrones,
la sal blanca de la laguna, y más allá
los asadores, el camping, la tierra húmeda: el barro
anterior a todo, cubriéndolo todo, el barro
en el que dibujo círculos, rombos, margaritas,
sin prisa, rama podrida en la mano,
pantalones Adidas desteñidos por la sal,
cuero curtido, luz, en la superficie, inspirando
oportunas reflexiones que tocan la puertita de la mente:
antes tenía la cabeza vendada y
ahora no, tomaba agua clara en vasos de plástico
blanco, y ahora no. ¿Y si levanto la cabeza y entrecierro los ojos,
tratando de imitar, con mis labios torcidos, la
cantinela cantada por ellos, la cantinela que cantan
en la claridad de la mañana, la luz cuadriculada, inasible, irá
cambiando de forma, distinta a sí misma,
para no decir lo que no quiere decir,
lo que está por decir, en todo momento y no dice?
¿Hacía calor, había humedad, mosquitos, moscas,
tomaban cerveza en las esquinas,
bajaban los monstruos de las nubes bajas
cuando ustedes decidieron acostarse
en un hotel de San Salvador
a transpirar como monos, como monos
transpirados en la selva, monos que chillan
en la selva, monitos de ojos blancos que
chillan en la selva?

¿Es eso lo que estabas
tratando de decir?

Dibujo en el barro, y el agua
viene y se va, viene
y se va, borrando el dibujo. Ahora un punto:
son pescadores, sentados en su lancha, mecidos
por la corriente floja de la laguna, con sus gorras
de YPF, las cañas extendidas, mirando el chapotear
lento del agua, alrededor, miles y miles
de litros de agua, alrededor,
y en algún lugar, preciso, cambiante,
dejando una estela límpida en el agua de la laguna, el sol,
y más abajo, los turistas mirarán el agua clara
de la laguna, la leve corriente de
la laguna y luego harán un asado,
y unos chicos tirarán piedras al agua
clara de la laguna y una vez, me senté en una piedra
a descansar y perdí conexión, en los lugares
donde había estado había ahora un hueco blanco

Los pajaritos girando alrededor. Caranchos de la zona.
Me sumergo en el agua. Hay que traer una linterna especial
para ver los edificios cubiertos por la inundación.

La mañana, cantan, claridad
de la mañana. Claridad de la mañana.

Dibujo la barba de Dios.

Pececito de ojos ciegos en el agua ciega
de la laguna. Pececito de ojos ciegos.
En el agua ciega de la laguna.

¿Es eso lo que estabas

tratando de decir, con el ventilador zumbando
en la siesta mediterránea, y el vecino

subiendo más y más el volumen de la radio,

manoteabas, manoteabas, aferrado
al plástico debajo de las sábanas?

Antes creía en la reencarnación, dormía
en sábanas blancas, me reía mirando la luz, y
ahora vivo con un gato antipático
en el borde del mundo. Tengo
un corazón de frutilla, ojos de tomate,
zapallo en las orejas. Cada tanto, pestañeo.
No puedo estar sin ver el agua blanca
de la laguna. Una vez
buceamos en el agua clara de la laguna.
Y más abajo el agua se iba
llenando de barro, pero
todo estaba como quedó: la vajilla,
la ropa en el armario, un diario ondulado
por la corriente. Luz de la mañana, luz
de la mañana. Una vez,
miré hacia arriba y vi
los pies de unos chicos sacudiéndose
para mantenerse a flote. Algunos se dejaban
caer, se hundían hondo largando burbujas de la boca,
volvían a patalear para subir. Braceaban
como ranas, como larvas
entre las casas inundadas, el hotel en medio del agua,
a esa hora en que los pececitos
se ponen a bailar, los pececitos
de ojos blancos, a la hora
de acostarse a la hora en que
vienen y van los pececitos en el agua
de la laguna el agua empezaba a redondear

el contorno de las cosas.

El contorno redondeado de las
cosas, círculos, la danza de los pececitos, eso dibujo,

la danza
entre los semáforos y las vidrieras sumergidas,
luz de la mañana
las veredas sumergidas, puertas, ventanas,
un zapato donde crecían las algas. Pajaritos, allá
arriba, luz de la mañana, en la superficie, luz de la
mañana, cantan, cantan,
cantan los pies
desde la superficie. Luz de la mañana.
Cantan los pies desde la superficie.

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