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Una visita al Señor

Mi abuela enfermó de los huesos y fuimos a ver a un sanador. Un curandero, un santo, como se le quiera llamar. Le decían el Nene, no sé porqué, y vivía en San Juan, en un valle rodeado de montañas rojizas y a cincuenta kilómetros de cualquier asentamiento civilizado. Cuando nosotros fuimos no era famoso, o sí era famoso pero no había salido en el diario ni en la televisión, y la gente iba a verlo desde lugares extrañísimos. Les llevaban flores y velas y aunque el Nene siempre lo rechazó, rezaban por él, a través suyo. Pedían su intercesión, como si tuviera contacto directo con Jesucristo o con La Virgen. Yo oí hablar de él y creí, aunque nunca creo. Oí que había levantado a muchos paralíticos y que había resucitado el perro muerto de un niño que lloraba y que había materializado unos bollos de pan para una multitud hambrienta. Al oír hablar del Nene se abría una puerta, una diminuta y oxidada puerta. Ingresaba la luz. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.


La empresa se llamaba Los Crespines. Organizaban excursiones educativas, familiares o para la tercera edad. Cada dos meses, hacía viajes especiales hacia el valle donde vivía el Nene. Los viajes no eran baratos, pero tampoco representaban un gasto desmesurado, y el Nene no cobraba a sus fieles más que un alimento no perecedero, una bolsa de arroz, de fideos, de polenta, una lata de arvejas, que luego eran donados a los pobres. Salimos a las diez de la noche. Hacía mucho frío y el colectivo estaba estacionado frente a la terminal. No en la terminal, sino al frente. Habríamos sido unas treinta o treinta cinco personas. Algunos se habían llevado un banquito de camping y se habían sentado para esperar el colectivo. Otros tomaban mate o café en la tapa de un termo. Mi mamá me dio muchísimas recomendaciones antes de que subamos al colectivo, y las olvidé a todas excepto a una muy extraña: No dejes que tu abuela se baje antes de llegar. ¿Qué quería decir con eso? Todavía no lo sé. Estábamos afuera del auto mirando en direcciones distintas. Después el chofer subió a la cabina y abrió la puerta con un soplido. Ayudé a mi abuela a subir la escalera y ella gimió audiblemente mientras yo la sostenía del brazo, pero cuando nos ubicamos en nuestros asientos sonreía en todas direcciones y aprovechó la oportunidad para volver a contarme porqué le dolían los huesos. Sus teorías al respecto. Cuando era jóven se despertaba a las cuatro de la mañana para ordeñar. Ordeñaba sentada en un banquito de madera, bajo un techo de chapa sin paredes. Al primer rayo del sol, sobre ella y sus hermanos, sobre las vacas y el campo, sobre el campo argentino y sobre los teros y sobre la vizcachas y los gauchos, caía el rocío. El rocío cae sobre uno y penetra, por más que uno se abrigue o tome precauciones el rocío atraviesa el abrigo, capa tras capa, y luego atraviesa la piel y los músculos y enfría el líquido que hay en el interior de los huesos. Como una inyección. Un frío imposible de sacar alojado en los huesos, royendo los huesos. Incluso ahora mientras lo recuerda mi abuela se estremece, como si la mención del frío lo despertara y lo pusiera a trabajar. El rocío le había desgastado las articulaciones, las rodillas se le hinchaban y varias veces la habían intentado operar. Le habían abierto las rodillas y le habían puesto prótesis metálicas en las rótulas. Había tenido que estar un par meses con las piernas levantadas, sujetas a poleas, antes de volver a levantarse, y cuando volvió a levantarse había tenido que aprender a caminar como si fuera un chico. Todo por el rocío, el maldito rocío.


Habíamos pasado el primer peaje y había cabezas alrededor de nuestros asientos, interesadas en oír y opinar y después también contar, ellos mismos, sus relatos de redención. Un hombre pelado con camisa a cuadros dijo que iba porque a su hija, que dormía unos asientos más atrás, le habían diagnosticado leucemina el verano anterior. Una mujer que comía compulsivamente caramelos mentolados nos contó que se estaba quedando ciega. Otro, que el negocio (una ferretería) andaba mal y estaba a punto de quebrar. Incluso cuando el chofer apagó las luces, y el colectivo se hundió en la oscuridad, la oscuridad pura sin estrellas del exterior, las voces continuaron. Cerré los ojos y me dormí.


Desperté a la madrugada. Amanecía. Muchos tomaban mates o el café barroso de colectivo, conversaban en voz baja. Oí que habíamos atravesado hacía un par de horas la capital de San Juan, y al mirar por la ventanilla casi doy un salto. Me dio miedo u otra cosa parecida al miedo. La ruta se internaba en el desierto. No había nada, pero nada de nada. Campos sin alambrar, sin animales. Ni pájaros ni insectos, nada. Ni siquiera postes de luz. La tierra cubierta de piedras redondas. Piedras de distinto tamaño. Un bebé lloraba. Mi abuela dormía con la boca abierta.
Me levanté a buscar un café y cuando volví se había despertado y había sacado de no sé donde una de esas revistas gratuitas de los Testigos de Jehová. A veces las leía. Le dí mi café y fui a buscarme otro. En el camino me crucé con el pelado de camisa a cuadros que se había sentado en el apoyabrazos del asiento y charlaba con los que tenía al lado. Me guiñó el ojo.
Me senté y me puse el walkman y oí un par de temas de “Canción animal”, de Soda Stéreo, que había salido un par de meses antes. Mi abuela me habló y me saqué los auriculares. Me dijo que no faltaba mucho para llegar. El colectivo se internó en un camino de tierra que bordeaba la montaña y al rato el chofer anunció que se veía el techo la casa. Nos asomamos a la parte derecha del colectivo. Abajo, en medio del valle solitario había una casita diminuta. Al costado de la casa había cinco o seis colectivos estacionados uno al lado del otro. Ya era de día.
Las montañas, quizás por el mineral del que estaban constituídas, eran rojas como las montañas de marte que uno ve en las fotos de los viajes espaciales. El colectivo subió las montañas en espiral y luego bajó abruptamente hacia el valle. Cuando estábamos llegando, algunos impacientes se pusieron de pie y se amontonaron en el pasillo. La puerta se abrió con un silbido. Bajamos y nos unimos a la gente que esperaba. Mi abuela empezó a hablar de inmediato con dos mujeres de más o menos su edad, que tenían polleras gruesas y estaban paradas al lado del colectivo. Afuera había viento y de inmediato se me taparon los oídos. Oía todo lo que pasaba pero a través de una capa, una lámina que me separaba del mundo.
Los que hablaban, decían todos lo mismo: si uno no cree, el Nene no puede hacer nada. Si no cree, no funciona, así de simple. El Nene usa la energía, la fe de cada uno. El chofer de nuestro colectivo, un hombre con el pelo corto y los hombros altos, que parecía carecer por completo de cuello, pasó entre nosotros diciendo que una chica iba a recoger los alimentos y que quizás el Nene se dirigiría a la multitud antes de empezar a atender. A veces salía y hablaba en voz alta para todos, daba un mensaje que todos más o menos podían considerar como suyo, o rezaba junto a las viejas una novena del rosario. Lo había hecho un par de veces.
Esta vez no lo hizo.



La chica que pasó a recoger los alimentos estaba vestida como una testigo de Jehová. Pollera larga, camisa con hombreras, pelo lacio. Algunos decían que era la novia, la hija o la sobrina del Nene. Ponía las bolsas en una bolsa de consorcio. Cuando pasó al lado nuestro, mi abuela le mostró el paquete de spaguetis antes de ponerlo en la bolsa y le preguntó algo, no recuerdo qué. La chica no respondió en absoluto, ni siquiera con un gesto. Luego formamos una fila. La fila entraba por una puerta a la casa del Nene y salía después por otra puerta. Mucha rapidez. Los que esperábamos de un lado tratábamos de ver si en los otros, en los que ya habían salido, podía registrarse algún cambio visible. Mi abuela, que tenía que formar la cola de pie, empezó a quejarse del dolor en las rodillas. Alguien le ofreció un banco de lona y ella se sentó. Había gente en silla de ruedas, gente con el ojo tapado por una gasa, gente con muletas, niños con labio leporino o con un barbijo que les cubría la mitad de la cara. Pensé: estoy en el infierno. Esto es un campo de batalla después de una batalla. Cuando llegó nuestro turno, me temblaban las piernas, un poco por el cansancio y un poco porque estaba excitado, ansioso. La puerta de la casa estaba abierta y había una esterilla de cuentas colgando del marco. Desde el interior nos llegaba una luz tenue y olor a incieso y a sahumerios. La chica que había recogido el alimento, hacía pasar a las personas de a una, incluso si habían venido a acompañar o ayudar a alguien. En eso el Nene, dijeron, era inflexible. También los choferes tenían que pasar. Dejé a mi abuela primera y me quedé a un metro de la esterilla, mirando alternativamente la luz que venía del interior y a la chica con expresión impasible de empleado público. Oí la voz del Nene hablando con mi abuela. No entendía las palabras pero me asombraba la fuerza y la rispidez de esa voz, como si fuera la de un hombre de campo llamando a las vacas o algo así. Después un grupo de personas se puso a cantar y dejé de oírla. No sé si estaban esperando para ver al Nene o si ya lo habían visto. Cantaban: Señor, me has mirado a los ojos, / sonriendo, has dicho mi nombre, / en la arena he dejado mi barca, / junto a ti, buscaré otro mar.


Me llegó mi turno. Corrí la cortina y entré. Las paredes estaban cubiertas de rosarios y estampas de la virgen. Era el comedor de una casa cualquiera, una casa de campo. Había velas encendidas y derretidas en el piso y los muebles. Había olor a rosas, no a incienso ni a sahumerios. Pero no había rosas. El aire me oprimía la cabeza.
El Nene estaba de espaldas, y tardó unos segundos en darse vuelta. Era gordo y alto, muy alto, más de dos metros, y tenía el pelo largo y una barba rojiza, profusa, que le llegaba hasta el pecho. Estaba vestido con botas, camisa y bombacha de gaucho. Se acercó y me miró. Se me destaparon los oídos. Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo. Me dijo: Todo lo que pasa es inevitable. Lo que pasó, no puede volver a pasar, no puede ser arreglado de ninguna forma. Después me nombró a una persona que yo quería mucho y que se había muerto hacía poco tiempo. Luego me dijo algo que no puedo decirle a nadie. Le dije que sí, que entendía. Cuando le iba a hacer una pregunta, me empujó con una fuerza un poco excesiva hacia la salida. Antes de salir, por otra cortina idéntica a la de la entrada, vi la foto de alguien desconocido en una silla cubierta de velas.


Mi abuela estaba sentada en una reposera que alguien le había cedido. Tomaba mate con otras viejas. Me sequé los ojos, me acerqué y me quedé al lado suyo. No pude hablar, por un largo rato. Cuando recuperé la voz le pregunté qué le había pasado. Yo tenía once años y en el lugar donde el Nene me había apoyado la mano tendría una cicatriz para toda la vida.
No sé muy bien, dijo mi abuela.
¿Pero te sigue doliendo?, pregunté.
Sí, claro, dijo mi abuela.

hermosa poesía


comen en mi mesa... Hoy: Comarc McCarthy

"Mandé a un chico a la cámara de gas en Huntsville. A uno nada más. Yo lo arresté y yo testifiqué. Fui a visitarlo dos o tres veces . Tres veces. La última fue el día de su ejecución. No tenía porqué ir, pero fui. Naturalmente, no quería ir. Había matado a una chica de catorce años y puedo asegurar que yo no tenía grandes deseos de ir a verle y mucho menos de presenciar la ejecución, pero lo hice. La prensa decía que fue un crimen pasional y él me aseguró que no hubo ninguna pasión. Salía con aquella chica aunque era casi una niña. Él tenía diecinueve años. Y me explicó que hacía mucho tiempo que tenía pensado matar a alaguien. Dijo que si le ponían en libertad lo volvería a hacer. Dijo que sabía que iría al infierno. De sus propios labios lo oí. No sé que pensar de eso. La verdad es que no. Creía que nunca conocería a una persona así y eso mi hizo pensar si el chico no sería una nueva clase de ser humano. Vi como lo ataban a la silla y cerraban la puerta. Puede que estuviera un poco nervioso, pero nada más. Estoy convencido de que sabía que al cabo de quince minutos estaría en el infierno. No me cabe duda. Y he pensado mucho en ello. Era de trato fácil. Me llamaba “sheriff”. Pero yo no sabía que decirle. ¿Qué le dices a un hombre que reconoce no tener alma? ¿Qué sentido tiene decirle nada? Pensé mucho en ello. Pero él no era nada comparado con lo que estaba por venir”.

Comarc McCarthy
No es país para viejos

El cachorro

Sergio era un viejo albañil. Iba a la obra en bicicleta, a las siete y media de la mañana, con pantalones azules y una camisa cuando hacía calor, o una vieja campera de corderoy en invierno y otoño. Nunca se había casado y no había tenido hijos. Tampoco tenía familia. Vivía sólo en una pieza de barrio San Vicente, una pieza despintada que daba a la costanera de río Suquía y que estaba siempre llena de las cucarachas, los mosquitos y los alacranes que subían del río. En la pieza había pocas cosas. Un televisor de doce pulgadas, en blanco y negro, un calentador donde se hacía de comer, dos ollas, un plato, un tenedor un cuchillo y tres libros: una Introducción a la Física Elemental, la Biblia y el Martín Fierro. Sergio los había leído tantas veces que podía repetir páginas enteras de memoria.
En el trabajo, Sergio era aplicado y metódico. Sus compañeros se hacían bromas todo el tiempo, pero nunca lo incluían a él. Sergio era querido y respetado. Al ser el más viejo, lo buscaban para encontrar soluciones prácticas a los problemas que se iban planteando. Los jóvenes le convidaban gaseosa y sánguches de mortadela, que Sergio aceptaba, y le convidaban vino y marihuana, que Sergio rechazaba siempre.
En una de las obras donde Sergio trabajaba, la gente acostumbraba abandonar cachorros. Los dejaban en el baldío, entre el pasto, en una bolsa de plástico o en una caja de cartón. Como nadie sabía qué hacer con los cachorros, terminaban matándolos. El encargado de matarlos era el jefe de los albañiles, un hombre mucho más jóven que Sergio que se llamaba Esteban, y que los ahogaba en el tacho de doscientos litros donde se preparaba la cal. Los metía en una bolsa, hundía la bolsa en el agua con un palo y la sostenía durante cinco o seis minutos. Después hacía un hueco en la tierra con la pala honda y tiraba dentro a los cachorros. Los cachorros estaban destinados a morir de hambre y de frío, así que matarlos de esa forma no era un acto cruel. De todas formas ni a Esteban ni ninguno de los albañiles, ni siquiera Sergio, le importaban demasiado la crueldad o la compasión. Se hacía lo que se tenía que hacer.
Una mañana, Esteban anudaba una bolsa de plástico con unos cachorros que acababan de encontrar. Tenía un cigarrillo en la boca, lo que le hacía cerrar el ojo derecho.
- Te falta este - le dijo Sergio.
Tenía un cachorro macho en la mano. Lo había encontrado, casi lo había pisado, cerca de ahí, como escapándose de la matanza. Era gordo, con una minúscula colita de rata, tenía los ojos cerrados y era tan pequeño que le cabía entero en la palma. Temblaba. Esteban, que había anudado la bolsa con fuerza, se puso a desatar el nudo cuando oyó de nuevo la voz de Sergio. Había levantado la mano hasta sus ojos y estaba mirando al cachorro.
- Creo que me lo voy a quedar - dijo Sergio.
- No va a sobrevivir sin la madre - dijo Esteban.
- Me lo quedo igual - dijo Sergio.
- Como quieras - dijo Esteban. Volvió a hacer el nudo y hundió la bolsa en el agua.
Como Sergio no sabía qué hacer con el cachorro, se lo metió en el bolsillo de la camisa y se puso a revocar una de las paredes interiores. Al rato, dejó de oír su llanto y lo sacó de la camisa pensando que estaba muerto, pero estaba dormido. A la hora de comer, lo despertó y le dio un poco de mortadela (el perro la olió y no la comió) y esa noche, lo llevó a su casa y le dio un poco de leche agria que había en la heladera. Esta vez el perro comió. Sergio se quedó viéndolo, el hocico hundido en la leche, la colita moviéndose, la minúscula lengua en rápida succión, flip, flip, flip, flip, y pensó que se iba a ahogar por su propia voracidad. Pero el perro terminó de tomar la leche, cruzó las patas una sobre otra, apoyó el hocico encima y se quedó dormido.
Sergio le armó una cucha en una caja de zapatos, con un pullover viejo. Lo acostó y lo miró tener una pesadilla, mover las patas como si estuviera corriendo. Después recordó que el cachorro no tenía nombre, y se dedicó a la tarea de buscarle uno. Mientras lo hacía, entendió que nunca en su vida le había puesto nombre a nada. Le puso Martín, por Martín Fierro. Después se fue a dormir.
Desde el momento en que le puso nombre, el perro pasó a ser parte de sus objetos preciados. Sergio le daba de comer pedacitos de carne, sobras de pollo y de arroz, leche. Un sábado por la mañana lo llevó al veterinario para que lo desparasitara, le compró un talco perfumado antipulgoso y se pasó muchas noches quemándole las garrapatas en las orejas y en el cuello con una aguja que ponía al rojo vivo, porque el veterinario le dijo que si se las arrancaba le podía causar una infección. Martín se quedaba quieto y se limitaba a gemir cuando le dolía.
Como no soportaba la idea de dejarlo en su casa, Sergio empezó a llevarlo al trabajo. Metía el perro en una mochila, con el espacio suficiente para que pudiera sacar la cabeza. Luego salían, en la bici: Sergio manejando y el perro detrás, la cabeza asomada por el agujero, mirando tranquilamente a su alrededor. Era gracioso para todo el mundo y gracioso para ellos.
Los sábados y domingos a la tarde, cruzaban la vereda y se sentaban a tomar unos mates frente al río. El río estaba sucio, las costas llenas de basura y escombros y ramas podridas, pero a ellos les bastaba estar así, uno al lado del otro, para no necesitar nada más. Los chicos que juntaban basura en la costa del río se acercaban, acariciaban al perro, hablaban con él. Martín ya había cumplido su primer año y era flaco, enérgico, guardian absoluto de la casa. Si alguien pasaba frente al departamento, Sergio lo tenía que acallar con un grito porque Martín no dejaba de ladrar. Una vez, sin querer, Sergio dejó la puerta abierta y el perro salió. Volvió una hora después, con las patas llenas de barro, despreocupado y contento. A partir de entonces, Sergio lo dejó salir cada tanto, seguro de que sabría encontrar el camino de regreso.
En ese tiempo, Sergio entendió algo. Una tarde, en la que volvía sólo del trabajo en la bicicleta (ya hacía tiempo que había dejado de cargarlo en la mochila), Sergio llegó tranquilamente a una conclusión. Era una idea simple y enigmática a la vez, pero era una idea de la que estaba completamente seguro. "Me estoy muriendo", pensó. Y de pronto supo que tenía razón. Había tenido siempre buena salud, y sabía que no estaba enfermo, pero también sabía que su fin estaba próximo.
Sergio no era una persona acostumbrada a pensar. Si tenía hambre, comía. Si tenía sueño, dormía. No trató, tampoco en este caso, de explicarse porqué se iba a morir, y ni se le pasó por la cabeza la idea de ver un doctor ni de alargar su vida. Siguió levantándose a las seis, siguió dándole de comer a su perro, siguió leyendo sus libros y tomando mates frente al río. Morirse es como quedarse ciego. El amarillo, un amarillo intenso y resplandeciente, progresaba en él, y pronto lo abarcaría todo.
Era abril, llovía todo el tiempo. En unos días, iba a tener que ponerse su campera de corderoy. De a ratos se despejaba, salía el sol y se levantaba la humedad. Después volvía a nublarse, llovía. Sergio llegó a su casa una noche y Martín no estaba. Estaba encapotado y caía una llovizna fina, ligera, que el viento ondulaba en el aire. Sergio llamó varias veces al perro, y luego cerró la puerta y se preparó la cena. Vio un rato de televisión antes de dormirse.
Lo despertaron a la mañana unos golpes en su puerta. Sergio abrió. En la puerta estaban los chicos que juntaban basura en el río. Uno de ellos le contó que el río había crecido con la lluvia, y que su perro se había quedado varado en una isla de cemento y era imposible que saliera.
Sergio se vistió rápido, bajó con ellos a la orilla y vio a Martín. La isla no tenía más de un metro de diámetro y alrededor corría una gran cantidad de agua, rápida y espesa. Más que agua, parecía una cosa viva que hubiese sido extendida en el lecho del río. El perro lo vio y le ladró, moviendo la cola. Unos metros más allá, apoyados en el borde del puente, una pareja jóven miraba al agua y al perro. Acompañado por los chicos, Sergio caminó por la orilla hasta quedar a unos diez metros de Martín. Gritó su nombre. El perro movió la cola, ladró un par de veces, hundió las patas delanteras en el agua y estuvo a punto de perder el equilibrio. "Se va, se va", gritaron los chicos. El perro trastabilló, hundió el hocico en el agua y saltó hacia atrás. Sergio se quedó mirándolo un segundo, sin saber qué hacer. El río seguía creciendo. Después, sin pensarlo, se metió en el río.
Se hundió hasta los muslos y sintió que el agua helada, espesa, entre las piernas. La corriente era poderosa y el fondo del río también parecía moverse, piedras y basura arrastrada, rodante. Cada paso significaba levantar con esfuerzo una pierna, trasladarla en el agua y buscar un sitio seguro para apoyarla. Los chicos gritaban. La pareja, allá arriba, lo señalaba. Un par de vecinos habían salido de las casas de la costa, vecinos que lo conocían de vista y que le alertaban que saliera del agua. Sergio hizo un par de pasos más y se detuvo un segundo. No sentía las piernas y le costaba respirar. Pero sabía que no se iba a detener. Esta vez no.

monocigótico

Mi papá era bombero y se murió tratando de rescatar a un chico subido a una antena. Contada entera es una historia muy extraña. El chico estaba en la punta de la antena, llorando, y mi papá le gritó que se tranquilizara y empezó a subir los escalones. Los subió apoyando la punta del pie entre los alambres. Cuando estaba llegando a la punta se resbaló y cayó boca abajo. Se murió en la ambulancia. Sus compañeros del cuartel hicieron sonar la sirena de la autobomba mientras íbamos en caravana al cementerio. A la vuelta, le di calmante a mamá y la acosté. Yo no podía dormir. Prendí la lámpara del garaje y empecé a enumerar lo que iba a meter en cajas, lo que iba a tirar. Había dos maquetas de aeromodelismo colgadas con tanza del techo. Lo imaginé inclinado sobre el escritorio, bajo la potente lámpara de pie, pintando cuidadosamente los bordes. Abrí el primer cajón del escritorio y encontré una abrochadora y un par de revistas Muy Interesante. Abrí el segundo cajón y encontré un sobre. Tenía mi nombre escrito en el anverso. En el interior había una carta que revelaba que mi papá había tenido, por unos años, una familia paralela, a la que veía cuando viajaba "por obligaciones laborales". Quemé la carta y me pasé los días siguientes pensando qué hacer. Después me tomé un colectivo y fui a verlos. La terminal tenía cuatro plataformas y un kiosco lleno de moscas donde un hombre leía una revista. Le pregunté si conocía a la familia y me dio las señas para llegar. En el único taxi había un hombre durmiendo con el asiento inclinado y la camisa abierta. Lo desperté y le reproduje las señas. No eran muchas cuadras. La casa era común, pero en la puerta de entrada tenía un cartel escrito en madera: Se hacen costuras. Toqué el timbre. Mi doble perfecto abrió la puerta y se quedó mirándome. Luego me hizo pasar. El televisor estaba prendido. Le conté que papá se había muerto. Me preguntó de qué y le dije que se había caído de una antena. Me preguntó qué día y a qué hora se había muerto. Le dije el día y la hora y me respondió que a la misma hora se había muerto su mamá, que estaba en cama desde hacía meses. Después me contó que era fumigador, y que a veces cazaba ratas o pájaros. Palomas sobre todo. El método consistía en conectar un cable de doscientos voltios a una antena. Las palomas caían fulminadas. Le dije que era sorprendente la relación con la muerte de papá. Me dijo que sí y que nada lo sorprendía. Le pregunté si me podía mostrar una foto de su mamá. Trajo el retrato de una mujer muy pálida, de pelo negro y rostro sufriente. Dijo que su mamá cosía para afuera y que había hablado de papá hasta el último momento. Por la ventana entraba una luz naranja, cálida, intensa. Nos quedamos callados. De pronto, sin ninguna relación, mi hermano me preguntó si quería irme a vivir con él. Le dije que sí, sin pensar.

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