el agua arrasó con todos estos
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L.
Un heladero perverso canta sin descanso sobre la ciudad de los juguetes
Natale en no-retornable sobre San Francisco - Córdoba.
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L.
Alción Editora
Invita a la presentación de
El Banquete Nº 7
Centro Cultural España Córdoba, Entre Ríos 40
Martes 9 de diciembre, 20:30 hs.
Hablan: Carlos Schilling y Silvio Mattoni
Leen: Cuqui, Guillermo Daghero, Luciano Lamberti, Eloísa Oliva
Invita a la presentación de
El Banquete Nº 7
Centro Cultural España Córdoba, Entre Ríos 40
Martes 9 de diciembre, 20:30 hs.
Hablan: Carlos Schilling y Silvio Mattoni
Leen: Cuqui, Guillermo Daghero, Luciano Lamberti, Eloísa Oliva
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El cazador, los galgos, la liebre
Conocí a una mujer que estaba loca. Le decían La Loca Gribaudo. Se vestía con un delantal cuadriculado y celeste de maestra jardinera y macizos zapatos negros. Todavía puedo recordar, con una lucidez inexplicable, los zapatos y los tobillos desnudos y sin medias. La Loca Gribaudo recorría la ciudad a pie todas las mañanas. Iba por la calle con unos paquetes envueltos en bolsas de plástico, y congregaba a los chicos a su alrededor porque siempre tenía caramelos para regalar, Sugus de colores y caramelos Media Hora y esos transparentes y ovalados de menta cristal. Los chicos les sacaban los caramelos de las manos y ella sonreía y les advertía que en las carnicerías del barrio, la de Rivalta y la de Domínguez y la de Tavip, mataban chicos para hacer chorizos y morcillas y salchichas parrilleras. Los secuestraban en un rastrojero, los metían en una bolsa de consorcio, los pasaban por la máquina moledora de carne y los embutían en las tripas transparentes y se los vendían a las madres de los chicos.
Por lo que sé, la Loca Gribaudo estuvo loca desde siempre. No se “volvió loca” en ningún momento. Su familia, que tenía una sodería, se resistía a internarla y le había comprado una casa cerca de la plaza Sarmiento, donde iba a dormir después de haber andado todo el día. Esa casa era para nosotros la Casa de la Loca, y nos gustaba asustarnos cuando pasábamos al frente. Una vez hicimos una apuesta y uno de nosotros se acercó y empujó la hoja de las ventanas de madera y espió en el interior. La Loca dormía con la luz prendida, vestida con el delantal y los zapatos, abajo de la mesa.
Una noche de verano se mató tirándose kerosén y prendiéndose fuego.
Había un tipo que tenía seis dedos en una mano. Mi papá lo conocía del campito donde jugaban a las bochas. El tipo este se llamaba Oscar y estaba a cargo del cementerio de autos que quedaba a las afueras de la ciudad. Un lugar inmenso lleno de chasis y baterías podridas y restos de hierros oxidados, donde iban a parar los autos chocados. Tenía un hijo de mi edad, muy extraño, que parecía una reproducción a escala del padre: el mismo cuerpo en forma de pera o de damajuana, los mismos ojos clarísimos (eran descendientes de noruegos o belgas, no sé, una raza de ojos claros que puede ser cualquier raza del norte de Europa) y el mismo dedo deforme agregado a la mano izquierda, un meñique infantil, a medio crecer, con una pequeña uña impresionante. Una vez al mes se lavaban las manos con aguarrás y el padre le limpiaba al hijo las orejas y los piojos sentados en unas llantas viejas. Después se subían al rastrojero y se iban al centro a tomar un helado. Tenían un par de galgos y un gato gordo castrado que estaba siempre dormido. En las noches claras, se sentaban en el punto más alto del predio a cazar ratas. Los cazaban con una carabina calibre 43. El padre iluminaba una rata con una linterna y el hijo le disparaba. Después, los perros se encargaban de recoger y devorar las presas obtenidas. Cada vez que acertaban (y el hijo tenía una puntería mucho mayor que la del padre) daban un grito de guerra.
Conocí gente con una puntería impresionante. Por ejemplo: un chico que era capaz de darle al ala de un colibrí en movimiento. Este chico tenía un rifle de aire comprimido que le había cambiado a un amigo por una liebre. Vivía con una abuela medio paralítica en mitad del monte, en Obispo Trejo, en una choza de techos de chapa y paredes de adobe. Tenía doce años y el pelo rubio y largo. Su abuelo había sido guía de cazadores y él hacía lo mismo. Nosotros fuimos con mi papá y un grupo de amigos un fin de semana. El chico nos acompañó a través del monte hasta el lago donde descansaban los patos. Llevaba el rifle consigo y cada tanto apuntaba y le disparaba a las palomas y los tordos y ni se molestaba en recoger los cadavéres. Cuando llegamos a la costa del lago, se sentó en una piedra y esperó a que termináramos de cazar. Nos metimos en el agua helada con unas botas que me llegaban a los muslos y esperamos. Al principio hacíamos chistes en voz baja, sobre el croar incesante de las ranas, pero después nos fuimos quedando callados, con una gran conciencia del momento. Empezaba a amanecer y la luz se reflejaba en el agua oscura. Los patos eran sombras dormidas en el agua. Entonces se despertaron y alzaron vuelo y empezamos a disparar. Mi papá cazó dos y después me pasó la escopeta y yo tiré y no le di a ninguno. No hay nada más fácil que darle a un pato cuando hay una bandada dando vueltas en el cielo, pero así y todo no le di a ninguno. Al mediodía, fuimos a comer a la casa que mi papá y sus amigos habían alquilado. El chico comió con nosotros, sin decir una palabra, con el rifle apoyado en las piernas y la cabeza baja. En algún momento, después del asado, alguien señaló un colibrí que volaba sobre las flores. Eran unas flores rojas, silvestres, similares a campanas, y el colibrí parecía levitar sobre ellas, las alas invisibles y el pico largo y fino como una aguja que iba metiendo en el centro de las flores, primero una y luego la otra y luego la otra. Mirá que lindo, dijo mi papá. Se oyó el ruido sordo del rifle y el picaflor cayó y empezó a aletear enloquecido sobre la tierra. Nos acercamos a ver. Un amigo de mi papá lo agarró después de un par de intentos fallidos y le sostuvo el ala. No va a sobrevivir con un ala rota, dijo.
Conocí un tipo que se dedicaba a pintar quesos. Y a uno que se dedicaba a criar lombrices en el fondo de su casa. Y a una chica, de la que yo estaba medio enamorado, que recolectaba caracoles para vivir. Los metía en una bolsa de consorcio y se los llevaba a un vecino, que era el encargado de negociar con el distribuidor. Así que una bolsa entera de caracoles, que a veces costaba semanas recoger, significaba al fin una ganancia mínima. Cien pesos, más o menos. En ese tiempo, ella vivía con los padres y dejaba las bolsas en el lavadero de su casa hasta que pasaran a recogerlas, y algunos caracoles salían y se subían a las paredes y a las puertas y al techo, y hacían equilibrio en la manguera que va de la canilla al lavarropas. La chica había hecho milanesas de soja, había criado conejos y gallinas ponedoras en el patio de su casa, había hecho mermeladas y fruta en almíbar y dulce de leche. Era una chica natural como una planta o como un hilo de agua. Una vez me dijo: no quiero hacer nada que implique trabajar ocho horas para vivir. No quiero trabajar en una tienda de ropa, ni en una estación de servicio, ni quiero vender casas ni tener un almacén. Yo le iba a decir que la amaba pero se fue de viaje sin despedirse y nunca más la volví a ver. Lo último que supe fue que estaba viviendo en Catamarca, en un pueblo de casas blancas enterradas en la tierra blanca y seca y fina como la harina.
Conocí a un chico sordomudo que se había quedado sordomudo cuando vio un rayo caer en el patio de su casa. Fue lo más importante y maravilloso en toda su vida. Yo jugaba al fútbol con él, y era un buen jugador, uno de los primeros que elegían los capitanes del equipo, pero también era un poco temperamental y se enojaba y discutía los fouls con gemidos y ademanes. Aparte de eso, era un buen tipo. Tenía un único defecto: le caía mal a los perros. Incluso a los cuzcos más insignificantes, que se largaban a correrlo o directamente le mordían las pantorillas. Mi mamá decía que los perros odiaban a los sordos. Cuando me fui, en el 97, el sordomudo había terminado la secundaria en un colegio especial. No lo volví a ver pero supe que entró a trabajar en la casa del cura de mi barrio, una casita fría y muy húmeda que estaba anexada a la parroquia. Limpiaba la parra del patio y cuidaba que haya agua bendita en la pila y barría la capilla una vez por día, y cuando la mamá (que era viuda) se enfermó y se murió, el chico fue a vivir con el cura y lo vio morir de viejo, también, y no escuchó los gritos de horror que según las vecinas estuvo dando toda la noche. El sordomudo se llamaba Jano, y se quedó sordomudo una tarde de febrero. Estaba apoyado en el dintel de la puerta que daba al patio, mirando una tormenta gigantesca y negra que subía despacio por el cielo. La mamá planchaba a unos pocos metros y cuando empezó a levantarse viento y se sentía en el aire el olor a tierra mojada, la madre le dijo:
- Correte de ahí.
Jano se dio vuelta. La miró, un segundo, con la tormenta detrás. Volvió la vista hacia afuera. Fue una mirada enigmática. Entonces cayó el rayo. Un tijeretazo, una luz blanca que apareció y desapareció. En el patio había un paraíso y cuando la luz desapareció el paraíso tenía el tronco quebrado en dos mitades. Se oyó el trueno. La mamá gritó. Después fue corriendo a ver a Jano, que estaba en el piso con espuma en la boca.
Conocí a una sóla artista en toda mi vida. Una mujer de cuarenta años, que vive en un pueblo perdido en el culo del mundo. No voy a decir el nombre. Sólo que es hija de uno de las familias más ricas del país, y que cuando tenía dieciséis se fue de casa, porque no soportaba el peso que los padres habían puesto en su espalda, y que no volvió a hablar con ellos, que prácticamente la habían desheredado, y que consiguió trabajo en la fábrica de ventiladores Codini mientras estudiaba el profesorado de artes plásticas, y que todas las noches limpiaba el piso de la fábrica y se dormía parada con la escoba en la mano y dormía dos horas y se ponía a cumplir con los trabajos prácticos de la carrera, hasta que se recibió y empezó a dar clases en los colegios secundarios, y se casó con un alcohólico que no tenía trabajo y prácticamente vivía en un bar, y tuvo dos hijos y que uno de los hijos fue veterinario y el otro ingeniero, y luego su esposo se murió y ella se quedó sola.
Esa era su vida y ella la había elegido paso a paso y no podía quejarse.
Conocí a esta mujer en un encuentro de poesía en un pueblo que se llama Toro Seco. El encuentro estaba organizado por el taller literario municipal, y me pagaban el viaje y la estadía en un hotel pesadillesco. El hotel se llamaba “Cordialidad” y estaba a medio construir, con piezas y pasillos anexados que daban a cualquier sitio, lo que lo hacían parecer infinito aunque era muy chico. Había baldes de pintura y pedazos de plástico en los rincones. Lo atendía una mujer que parecía a punto de desplomarse muerta en cualquier momento. Sobre la mesa de la recepción, había unas figuras de cerámica que representaban una escena de caza del tipo inglés, de las que se suelen pintar en los cuadros de escenas de caza: el cazador, con la escopeta extendida, dos galgos señalando con el hocico a una liebre acurrucada entre los árboles un poco más allá. Después de dar mis datos fui hasta la pieza y abrí las cortinas que daban a unos tanques de agua ennegrecidos y me acosté a dormir una siesta y soñé que yo era la liebre que los galgos perseguían, y que corría en el bosque con los pastos a la altura de los ojos y que el corazón me galopaba en los oídos, corría y corría hasta que en algún momento dejaba de escuchar el ladrido de los perros y la voz gruesa y terrorífica del cazador y entonces me quedaba quieto con el corazón en los oídos y oía un ruido detrás mío y al darme vuelta me enfrentaba a los agujeros negros de los caños de la escopeta. Me desperté después de oír la detonación. El ruido siguió resonando en mí durante un rato. A la tarde, la coordinadora del taller (una profesora de Lengua que se llamaba Claudia) pasó a buscarme y fuimos a una biblioteca pública. Cantaba el coro, así que había bastante gente apretada en las sillas de plástico blanco. Me presentaron a los miembros del taller y conocí a esta mujer. A la única artista. Los otros talleristas la trataban como si fuera una niña. El más jóven, un chico con una remera de Nirvana que escribía poemas pornográficos, le decía “la Minujín de Toro Seco”.
Cuando terminó la lectura fuimos a comer unas pizzas a un bar y la mujer se me sentó al lado y empezó a hablar conmigo. No sé porqué, pero tuve la sensación de que me había elegido. Y me dio miedo, claro. Al principio creí que estaba sencillamente loca. Era una mujer común y corriente, quizás un poco descuidada, con una cinta negra de mugre bajo las uñas. Me dijo que le habían gustado mis poemas, aunque le sonaran demasiado literarios, demasiado pasados por la tradición (dijo “pasados por la tradición” con el sentido de “huevos pasados por agua”) y que ella también escribía, aparte de pintar (no, no pintaba, hacía performances y acciones, la última había sido para el aniversario de la escuela de arte local, ante la mirada estupefacta del intendente y los directivos había hecho que cuatro alumnos suyos vestidos con taparrabos desfilaran llevando la imagen en cemento del Gauchito Gil) pero no escribía todos los días y ni siquiera como hobby. Tenía un proyecto. Casualmente lo había traído consigo. De un bolso tejido sacó un manojo de hojas escritas a máquina, una vieja Olivetti, imaginé, hojas amarillas corregidas con liquid paper, ques dejó cerca de la tabla grasosa donde habían traído la pizza. Un libro de poemas. Un sólo largo poema. Hojeé los poemas sin leerlos y le pregunté de qué se trataba. Ella suspiró. Como si hubiera estado esperando esa pregunta, y yo me hubiese tomado demasiado tiempo en formularla. Entonces me dijo que pensaba escribir un sólo libro. Uno sólo sobre una única experiencia que podría iluminar todas las demás, como un claro radiante y creciente en el bosque (así hablaba, sí señores, y cuando dijo claro en el bosque pensé en la liebre y el cazador y los galgos) y corregirlo y aumentarlo toda la vida. Y de ser posible, agregó como en un chiste, ser enterrada con él. El arte, me dijo también, es un camino espiritual. Y la única forma de llevar ese camino hasta sus últimas consecuencias en entregarse por completo. Dijo que ella pensaba recorrer ese camino absolutamente sóla, y no veía en eso una cuestión heróica sino necesaria. Dijo que los artistas japoneses eran capaces de pintar el mismo almendro florecido al costado del mismo arroyo de aguas sinuosas con el aspecto que tienen a mediados de marzo una y otra vez, toda su vida. Al empezar su “carrera” eligen una imagen y ya no la sueltan. Se especializan. Y agregó que cuando era jóven había dado un taller en Apadim, un taller para “chicos especiales”, síndromes de down y retrasados mentales, y que ellos hacían exactamente lo mismo. Se obsesionaban al principio del camino con una figura, uno con ventanas y otro con perros y otro con atardeceres, y pintaban todo el tiempo lo mismo, ventanas y perros y atardeceres y que nadie en el mundo podía pintar una ventana o un perro o un atardecer como ellos. Eso, me dijo, es lo que considero una obra.
Le pregunté sobre qué escribía. Cúal era su tema. Ella suspiró de nuevo y me preguntó si iba a tener paciencia para escuchar una historia. Le dije que sí. Me contó lo siguiente:
Hacía unos veinte años, ella estaba pasando por una crisis. Sus hijos eran dos adolescentes con los que no podía hablar. Había descubierto que el esposo era un alcohólico inútil. No podía pintar. No podía sentarse a leer. Estaba desolada, sin familia y sin amigos. Las vecinas le parecían unas estúpidas con un ideal de vida tomado del Arroz con leche. Ella iba a hacer las compras y las escuchaba chusmear y volvía a su casa y se ponía a llorar por su vida y por la vida de los otros. Una vez, en la peluquería, en medio de esa conversación y mientras esperaba su turno, se puso a hojear una revista Para Tí del año del pedo, viejas fotos y tejidos inútiles y consejos para la mujer, y encontró, en el correo amoroso de lectores, correo utilizado generalmente por los presos para conocer a alguien del exterior, una carta que le llamó la atención. La carta de un hombre que buscaba “una compañía desinteresada para compartir una charla epistolar”. Se fijó en la dirección y era la de un pueblo que quedaba a unos cien kilómetros de su casa. Le pareció gracioso y le respondió. Le contó todo lo que pasaba, pensando que el tipo debía estar muerto o algo así y que mandaba su carta hacia la nada. A la semana le llegó la contestación. El hombre le decía que le había alegrado mucho recibir una respuesta después de tanto tiempo, le contaba un par de cosas y le pedía encarecidamente que siguiera escribiéndole. Firmaba como “Jesús”. Empezó, en ese momento, un intercambio periódico de cartas, cartas en las que al principio enumeraban los hechos triviales de dos personas que se están conociendo y luego hacían un racconto de sus vidas y luego se terminaban confesando sus esperanzas y sus terrores más íntimos. No le importaba hacerlo porque sabía que nunca en su vida lo iba a conocer. Mientras leía las cartas de Jesús, tenía una sensación rara. La sensación, me dijo, de que las cartas que él enviaba eran reflejos imperfectos de las cartas que él se guardaba consigo. Se lo escribió y Jesús no le respondió por un mes y luego le envió dos carillas donde le confesaba que un accidente lo había desfigurado de muy jóven y que vivía con los padres y que no salía de su casa. Después le advirtió que no había quedado “nada bien”, incluso con las cirugías, y que podría verlo “cuando creyera estar preparada”. Siguieron escribiéndose por unos meses más y una noche, la artista de la que hablo creyó estar preparada para conocerlo.
Estaba sóla en su casa, mirando televisión. Sabía que más tarde llegaría su esposo, y que sus hijos saldrían de la pieza a la hora de cenar. Fue un arrebato. Se levantó, se subió al auto y salió a la ruta. En la ruta la sorprendió una tormenta. Empezó a llover con fuerza y ella casi no podía ver a través del parabrisas. Cada tanto, la luz de un camión o de un auto la encadilaba. Los rayos se imprimían, zizagueantes, en el horizonte negro. Muchas veces pensó: esto es una estupidez. Una estupidez y una locura. Mejor sería dar media vuelta y volver a casa. Y sin embargo siguió y al rato se despejó la lluvia y salieron las estrellas. Abrió la ventanilla. Prendió un cigarrillo. Oyó el viento, afuera, la oscuridad impenetrable de la ruta. Después llegó a la ciudad donde el hombre vivía y estuvo largo rato recorriéndola. No sabía porqué, pero no quería preguntarle a nadie sobre la calle. Al final, terminó preguntando. Era en un barrio cercano al centro. Una casa amarilla, alta. Golpeó la puerta y la atendió una mujer muy vieja y muy amable, que le dijo que Jesús vivía ahí, sí, ella era la madre, iba a preguntarle si podía atenderla. Al rato volvió, la hizo pasar y la condujo por un pasillo donde había una parra de pequeñas uvas moscatel y un piso ajedrezado de mosaicos, y le mostró una escalera ennegrecida que daba a una piecita en lo alto. Había una sóla ventana iluminada. Ella subió los escalones y golpeó la puerta. Abrió Jesús. Tenía puesta una máscara de cuero, una máscara hecha con retazos de cuero lustrado cosidos entre sí, con agujeros para la nariz y para la boca y para un sólo ojo (el derecho). Tenía puesta una remera colorida y una malla. Era jóven y gordo. La saludó con mucha cordialidad y la hizo pasar a una pieza sencilla, con muchos libros y una reproducción de Lección de anatomía de Rembradt colgada en la pared, al lado de la biblioteca. Después la invitó con gaseosa helada y estuvieron hablando durante largo rato, al principio de las cartas y después de lo que las cartas no habían dicho. En algún momento, ella dijo que estaba muy cansada y se recostó un segundo para estirar las piernas, él se sentó en la cama y terminaron teniendo relaciones. Se pusieron a fumar en silencio. Ella sentía paz, sentía como si el claro del bosque estuviera abriéndose a su alrededor, y ya no hubiese dudas ni miedo. Después pensó en su familia y le dijo que tenía que irse. Él se levantó. Le preguntó si estaba preparada. Ella dijo que no sabía. Él desató los cordones que unían las partes de la máscara detrás de la nuca, se la quitó y le mostró la cara. Fue nada más que un segundo. Después volvió a ponérsela y la acompañó hasta afuera y se prometieron volver a verse y volver a escribirse sabiendo que nunca más se iban a volver a ver ni a volver a escribir.
Sobre eso escribo, me dijo la mujer, esa noche. Sobre su cara.
Conocí al bombero que encontró el cadáver de la Loca Gribaudo. Era el jefe de una tropa scout de la que formé parte en mi tenebrosa infancia. En las noches de fogón, contaba historia de miedo, como supongo que todos los jefes scouts deben hacer. Y esta era su historia. No había podido dormir bien desde que encontró el cadaver. Había ido al sicoanalista y hasta a una curandera y un médico chino. Nada. Era bombero desde su adolescencia y había visto muchísimas cosas raras. Había visto a un compañero que se cayó del techo con la cabeza partida “como un zapallo”, levantarse y hacer un chiste sobre la caída y sacudirse la ropa con el cerebro expuesto a la luz. La noche del incendio lo llamaron a las dos de la mañana. Se levantó, se vistió, fue al cuartel. Le dijeron que se había incendiado la casa de la Loca Gribaudo. Se subieron a un carro y fueron sin hacer sonar la sirena, porque de todas formas el incendio estaba terminado. Al llegar, había un grupo de vecinos rodeando la casa. Algunos en pijama. Se abrieron paso y rompieron la ventana y regaron con la manguera hasta que el humo se disipó. Después rompieron la puerta con un hacha y entraron. Eran dos: él y un bombero viejo que estaba por jubilarse. En el interior de la casa había olor a carne quemada, como cuando se pasa cerca de un restorán y se siente el olor al asado, nos decía, y el piso estaba lleno de ceniza. Encontraron el cadáver carbonizado debajo de la mesa. Un maniquí completamente negro. El bombero viejo mandó a pedir una camilla y le pidió que la sacara de ahí. No había razón para apurarse. Él se arrodilló, le metió las manos en las axilas y la levantó. Al moverla, la presión del aire caliente en los pulmones hizo que la Loca abriera la boca y aspirara una gran bocanada.
El bombero dio unos pasos hacia atrás y cayó de culo.
Por lo que sé, la Loca Gribaudo estuvo loca desde siempre. No se “volvió loca” en ningún momento. Su familia, que tenía una sodería, se resistía a internarla y le había comprado una casa cerca de la plaza Sarmiento, donde iba a dormir después de haber andado todo el día. Esa casa era para nosotros la Casa de la Loca, y nos gustaba asustarnos cuando pasábamos al frente. Una vez hicimos una apuesta y uno de nosotros se acercó y empujó la hoja de las ventanas de madera y espió en el interior. La Loca dormía con la luz prendida, vestida con el delantal y los zapatos, abajo de la mesa.
Una noche de verano se mató tirándose kerosén y prendiéndose fuego.
Había un tipo que tenía seis dedos en una mano. Mi papá lo conocía del campito donde jugaban a las bochas. El tipo este se llamaba Oscar y estaba a cargo del cementerio de autos que quedaba a las afueras de la ciudad. Un lugar inmenso lleno de chasis y baterías podridas y restos de hierros oxidados, donde iban a parar los autos chocados. Tenía un hijo de mi edad, muy extraño, que parecía una reproducción a escala del padre: el mismo cuerpo en forma de pera o de damajuana, los mismos ojos clarísimos (eran descendientes de noruegos o belgas, no sé, una raza de ojos claros que puede ser cualquier raza del norte de Europa) y el mismo dedo deforme agregado a la mano izquierda, un meñique infantil, a medio crecer, con una pequeña uña impresionante. Una vez al mes se lavaban las manos con aguarrás y el padre le limpiaba al hijo las orejas y los piojos sentados en unas llantas viejas. Después se subían al rastrojero y se iban al centro a tomar un helado. Tenían un par de galgos y un gato gordo castrado que estaba siempre dormido. En las noches claras, se sentaban en el punto más alto del predio a cazar ratas. Los cazaban con una carabina calibre 43. El padre iluminaba una rata con una linterna y el hijo le disparaba. Después, los perros se encargaban de recoger y devorar las presas obtenidas. Cada vez que acertaban (y el hijo tenía una puntería mucho mayor que la del padre) daban un grito de guerra.
Conocí gente con una puntería impresionante. Por ejemplo: un chico que era capaz de darle al ala de un colibrí en movimiento. Este chico tenía un rifle de aire comprimido que le había cambiado a un amigo por una liebre. Vivía con una abuela medio paralítica en mitad del monte, en Obispo Trejo, en una choza de techos de chapa y paredes de adobe. Tenía doce años y el pelo rubio y largo. Su abuelo había sido guía de cazadores y él hacía lo mismo. Nosotros fuimos con mi papá y un grupo de amigos un fin de semana. El chico nos acompañó a través del monte hasta el lago donde descansaban los patos. Llevaba el rifle consigo y cada tanto apuntaba y le disparaba a las palomas y los tordos y ni se molestaba en recoger los cadavéres. Cuando llegamos a la costa del lago, se sentó en una piedra y esperó a que termináramos de cazar. Nos metimos en el agua helada con unas botas que me llegaban a los muslos y esperamos. Al principio hacíamos chistes en voz baja, sobre el croar incesante de las ranas, pero después nos fuimos quedando callados, con una gran conciencia del momento. Empezaba a amanecer y la luz se reflejaba en el agua oscura. Los patos eran sombras dormidas en el agua. Entonces se despertaron y alzaron vuelo y empezamos a disparar. Mi papá cazó dos y después me pasó la escopeta y yo tiré y no le di a ninguno. No hay nada más fácil que darle a un pato cuando hay una bandada dando vueltas en el cielo, pero así y todo no le di a ninguno. Al mediodía, fuimos a comer a la casa que mi papá y sus amigos habían alquilado. El chico comió con nosotros, sin decir una palabra, con el rifle apoyado en las piernas y la cabeza baja. En algún momento, después del asado, alguien señaló un colibrí que volaba sobre las flores. Eran unas flores rojas, silvestres, similares a campanas, y el colibrí parecía levitar sobre ellas, las alas invisibles y el pico largo y fino como una aguja que iba metiendo en el centro de las flores, primero una y luego la otra y luego la otra. Mirá que lindo, dijo mi papá. Se oyó el ruido sordo del rifle y el picaflor cayó y empezó a aletear enloquecido sobre la tierra. Nos acercamos a ver. Un amigo de mi papá lo agarró después de un par de intentos fallidos y le sostuvo el ala. No va a sobrevivir con un ala rota, dijo.
Conocí un tipo que se dedicaba a pintar quesos. Y a uno que se dedicaba a criar lombrices en el fondo de su casa. Y a una chica, de la que yo estaba medio enamorado, que recolectaba caracoles para vivir. Los metía en una bolsa de consorcio y se los llevaba a un vecino, que era el encargado de negociar con el distribuidor. Así que una bolsa entera de caracoles, que a veces costaba semanas recoger, significaba al fin una ganancia mínima. Cien pesos, más o menos. En ese tiempo, ella vivía con los padres y dejaba las bolsas en el lavadero de su casa hasta que pasaran a recogerlas, y algunos caracoles salían y se subían a las paredes y a las puertas y al techo, y hacían equilibrio en la manguera que va de la canilla al lavarropas. La chica había hecho milanesas de soja, había criado conejos y gallinas ponedoras en el patio de su casa, había hecho mermeladas y fruta en almíbar y dulce de leche. Era una chica natural como una planta o como un hilo de agua. Una vez me dijo: no quiero hacer nada que implique trabajar ocho horas para vivir. No quiero trabajar en una tienda de ropa, ni en una estación de servicio, ni quiero vender casas ni tener un almacén. Yo le iba a decir que la amaba pero se fue de viaje sin despedirse y nunca más la volví a ver. Lo último que supe fue que estaba viviendo en Catamarca, en un pueblo de casas blancas enterradas en la tierra blanca y seca y fina como la harina.
Conocí a un chico sordomudo que se había quedado sordomudo cuando vio un rayo caer en el patio de su casa. Fue lo más importante y maravilloso en toda su vida. Yo jugaba al fútbol con él, y era un buen jugador, uno de los primeros que elegían los capitanes del equipo, pero también era un poco temperamental y se enojaba y discutía los fouls con gemidos y ademanes. Aparte de eso, era un buen tipo. Tenía un único defecto: le caía mal a los perros. Incluso a los cuzcos más insignificantes, que se largaban a correrlo o directamente le mordían las pantorillas. Mi mamá decía que los perros odiaban a los sordos. Cuando me fui, en el 97, el sordomudo había terminado la secundaria en un colegio especial. No lo volví a ver pero supe que entró a trabajar en la casa del cura de mi barrio, una casita fría y muy húmeda que estaba anexada a la parroquia. Limpiaba la parra del patio y cuidaba que haya agua bendita en la pila y barría la capilla una vez por día, y cuando la mamá (que era viuda) se enfermó y se murió, el chico fue a vivir con el cura y lo vio morir de viejo, también, y no escuchó los gritos de horror que según las vecinas estuvo dando toda la noche. El sordomudo se llamaba Jano, y se quedó sordomudo una tarde de febrero. Estaba apoyado en el dintel de la puerta que daba al patio, mirando una tormenta gigantesca y negra que subía despacio por el cielo. La mamá planchaba a unos pocos metros y cuando empezó a levantarse viento y se sentía en el aire el olor a tierra mojada, la madre le dijo:
- Correte de ahí.
Jano se dio vuelta. La miró, un segundo, con la tormenta detrás. Volvió la vista hacia afuera. Fue una mirada enigmática. Entonces cayó el rayo. Un tijeretazo, una luz blanca que apareció y desapareció. En el patio había un paraíso y cuando la luz desapareció el paraíso tenía el tronco quebrado en dos mitades. Se oyó el trueno. La mamá gritó. Después fue corriendo a ver a Jano, que estaba en el piso con espuma en la boca.
Conocí a una sóla artista en toda mi vida. Una mujer de cuarenta años, que vive en un pueblo perdido en el culo del mundo. No voy a decir el nombre. Sólo que es hija de uno de las familias más ricas del país, y que cuando tenía dieciséis se fue de casa, porque no soportaba el peso que los padres habían puesto en su espalda, y que no volvió a hablar con ellos, que prácticamente la habían desheredado, y que consiguió trabajo en la fábrica de ventiladores Codini mientras estudiaba el profesorado de artes plásticas, y que todas las noches limpiaba el piso de la fábrica y se dormía parada con la escoba en la mano y dormía dos horas y se ponía a cumplir con los trabajos prácticos de la carrera, hasta que se recibió y empezó a dar clases en los colegios secundarios, y se casó con un alcohólico que no tenía trabajo y prácticamente vivía en un bar, y tuvo dos hijos y que uno de los hijos fue veterinario y el otro ingeniero, y luego su esposo se murió y ella se quedó sola.
Esa era su vida y ella la había elegido paso a paso y no podía quejarse.
Conocí a esta mujer en un encuentro de poesía en un pueblo que se llama Toro Seco. El encuentro estaba organizado por el taller literario municipal, y me pagaban el viaje y la estadía en un hotel pesadillesco. El hotel se llamaba “Cordialidad” y estaba a medio construir, con piezas y pasillos anexados que daban a cualquier sitio, lo que lo hacían parecer infinito aunque era muy chico. Había baldes de pintura y pedazos de plástico en los rincones. Lo atendía una mujer que parecía a punto de desplomarse muerta en cualquier momento. Sobre la mesa de la recepción, había unas figuras de cerámica que representaban una escena de caza del tipo inglés, de las que se suelen pintar en los cuadros de escenas de caza: el cazador, con la escopeta extendida, dos galgos señalando con el hocico a una liebre acurrucada entre los árboles un poco más allá. Después de dar mis datos fui hasta la pieza y abrí las cortinas que daban a unos tanques de agua ennegrecidos y me acosté a dormir una siesta y soñé que yo era la liebre que los galgos perseguían, y que corría en el bosque con los pastos a la altura de los ojos y que el corazón me galopaba en los oídos, corría y corría hasta que en algún momento dejaba de escuchar el ladrido de los perros y la voz gruesa y terrorífica del cazador y entonces me quedaba quieto con el corazón en los oídos y oía un ruido detrás mío y al darme vuelta me enfrentaba a los agujeros negros de los caños de la escopeta. Me desperté después de oír la detonación. El ruido siguió resonando en mí durante un rato. A la tarde, la coordinadora del taller (una profesora de Lengua que se llamaba Claudia) pasó a buscarme y fuimos a una biblioteca pública. Cantaba el coro, así que había bastante gente apretada en las sillas de plástico blanco. Me presentaron a los miembros del taller y conocí a esta mujer. A la única artista. Los otros talleristas la trataban como si fuera una niña. El más jóven, un chico con una remera de Nirvana que escribía poemas pornográficos, le decía “la Minujín de Toro Seco”.
Cuando terminó la lectura fuimos a comer unas pizzas a un bar y la mujer se me sentó al lado y empezó a hablar conmigo. No sé porqué, pero tuve la sensación de que me había elegido. Y me dio miedo, claro. Al principio creí que estaba sencillamente loca. Era una mujer común y corriente, quizás un poco descuidada, con una cinta negra de mugre bajo las uñas. Me dijo que le habían gustado mis poemas, aunque le sonaran demasiado literarios, demasiado pasados por la tradición (dijo “pasados por la tradición” con el sentido de “huevos pasados por agua”) y que ella también escribía, aparte de pintar (no, no pintaba, hacía performances y acciones, la última había sido para el aniversario de la escuela de arte local, ante la mirada estupefacta del intendente y los directivos había hecho que cuatro alumnos suyos vestidos con taparrabos desfilaran llevando la imagen en cemento del Gauchito Gil) pero no escribía todos los días y ni siquiera como hobby. Tenía un proyecto. Casualmente lo había traído consigo. De un bolso tejido sacó un manojo de hojas escritas a máquina, una vieja Olivetti, imaginé, hojas amarillas corregidas con liquid paper, ques dejó cerca de la tabla grasosa donde habían traído la pizza. Un libro de poemas. Un sólo largo poema. Hojeé los poemas sin leerlos y le pregunté de qué se trataba. Ella suspiró. Como si hubiera estado esperando esa pregunta, y yo me hubiese tomado demasiado tiempo en formularla. Entonces me dijo que pensaba escribir un sólo libro. Uno sólo sobre una única experiencia que podría iluminar todas las demás, como un claro radiante y creciente en el bosque (así hablaba, sí señores, y cuando dijo claro en el bosque pensé en la liebre y el cazador y los galgos) y corregirlo y aumentarlo toda la vida. Y de ser posible, agregó como en un chiste, ser enterrada con él. El arte, me dijo también, es un camino espiritual. Y la única forma de llevar ese camino hasta sus últimas consecuencias en entregarse por completo. Dijo que ella pensaba recorrer ese camino absolutamente sóla, y no veía en eso una cuestión heróica sino necesaria. Dijo que los artistas japoneses eran capaces de pintar el mismo almendro florecido al costado del mismo arroyo de aguas sinuosas con el aspecto que tienen a mediados de marzo una y otra vez, toda su vida. Al empezar su “carrera” eligen una imagen y ya no la sueltan. Se especializan. Y agregó que cuando era jóven había dado un taller en Apadim, un taller para “chicos especiales”, síndromes de down y retrasados mentales, y que ellos hacían exactamente lo mismo. Se obsesionaban al principio del camino con una figura, uno con ventanas y otro con perros y otro con atardeceres, y pintaban todo el tiempo lo mismo, ventanas y perros y atardeceres y que nadie en el mundo podía pintar una ventana o un perro o un atardecer como ellos. Eso, me dijo, es lo que considero una obra.
Le pregunté sobre qué escribía. Cúal era su tema. Ella suspiró de nuevo y me preguntó si iba a tener paciencia para escuchar una historia. Le dije que sí. Me contó lo siguiente:
Hacía unos veinte años, ella estaba pasando por una crisis. Sus hijos eran dos adolescentes con los que no podía hablar. Había descubierto que el esposo era un alcohólico inútil. No podía pintar. No podía sentarse a leer. Estaba desolada, sin familia y sin amigos. Las vecinas le parecían unas estúpidas con un ideal de vida tomado del Arroz con leche. Ella iba a hacer las compras y las escuchaba chusmear y volvía a su casa y se ponía a llorar por su vida y por la vida de los otros. Una vez, en la peluquería, en medio de esa conversación y mientras esperaba su turno, se puso a hojear una revista Para Tí del año del pedo, viejas fotos y tejidos inútiles y consejos para la mujer, y encontró, en el correo amoroso de lectores, correo utilizado generalmente por los presos para conocer a alguien del exterior, una carta que le llamó la atención. La carta de un hombre que buscaba “una compañía desinteresada para compartir una charla epistolar”. Se fijó en la dirección y era la de un pueblo que quedaba a unos cien kilómetros de su casa. Le pareció gracioso y le respondió. Le contó todo lo que pasaba, pensando que el tipo debía estar muerto o algo así y que mandaba su carta hacia la nada. A la semana le llegó la contestación. El hombre le decía que le había alegrado mucho recibir una respuesta después de tanto tiempo, le contaba un par de cosas y le pedía encarecidamente que siguiera escribiéndole. Firmaba como “Jesús”. Empezó, en ese momento, un intercambio periódico de cartas, cartas en las que al principio enumeraban los hechos triviales de dos personas que se están conociendo y luego hacían un racconto de sus vidas y luego se terminaban confesando sus esperanzas y sus terrores más íntimos. No le importaba hacerlo porque sabía que nunca en su vida lo iba a conocer. Mientras leía las cartas de Jesús, tenía una sensación rara. La sensación, me dijo, de que las cartas que él enviaba eran reflejos imperfectos de las cartas que él se guardaba consigo. Se lo escribió y Jesús no le respondió por un mes y luego le envió dos carillas donde le confesaba que un accidente lo había desfigurado de muy jóven y que vivía con los padres y que no salía de su casa. Después le advirtió que no había quedado “nada bien”, incluso con las cirugías, y que podría verlo “cuando creyera estar preparada”. Siguieron escribiéndose por unos meses más y una noche, la artista de la que hablo creyó estar preparada para conocerlo.
Estaba sóla en su casa, mirando televisión. Sabía que más tarde llegaría su esposo, y que sus hijos saldrían de la pieza a la hora de cenar. Fue un arrebato. Se levantó, se subió al auto y salió a la ruta. En la ruta la sorprendió una tormenta. Empezó a llover con fuerza y ella casi no podía ver a través del parabrisas. Cada tanto, la luz de un camión o de un auto la encadilaba. Los rayos se imprimían, zizagueantes, en el horizonte negro. Muchas veces pensó: esto es una estupidez. Una estupidez y una locura. Mejor sería dar media vuelta y volver a casa. Y sin embargo siguió y al rato se despejó la lluvia y salieron las estrellas. Abrió la ventanilla. Prendió un cigarrillo. Oyó el viento, afuera, la oscuridad impenetrable de la ruta. Después llegó a la ciudad donde el hombre vivía y estuvo largo rato recorriéndola. No sabía porqué, pero no quería preguntarle a nadie sobre la calle. Al final, terminó preguntando. Era en un barrio cercano al centro. Una casa amarilla, alta. Golpeó la puerta y la atendió una mujer muy vieja y muy amable, que le dijo que Jesús vivía ahí, sí, ella era la madre, iba a preguntarle si podía atenderla. Al rato volvió, la hizo pasar y la condujo por un pasillo donde había una parra de pequeñas uvas moscatel y un piso ajedrezado de mosaicos, y le mostró una escalera ennegrecida que daba a una piecita en lo alto. Había una sóla ventana iluminada. Ella subió los escalones y golpeó la puerta. Abrió Jesús. Tenía puesta una máscara de cuero, una máscara hecha con retazos de cuero lustrado cosidos entre sí, con agujeros para la nariz y para la boca y para un sólo ojo (el derecho). Tenía puesta una remera colorida y una malla. Era jóven y gordo. La saludó con mucha cordialidad y la hizo pasar a una pieza sencilla, con muchos libros y una reproducción de Lección de anatomía de Rembradt colgada en la pared, al lado de la biblioteca. Después la invitó con gaseosa helada y estuvieron hablando durante largo rato, al principio de las cartas y después de lo que las cartas no habían dicho. En algún momento, ella dijo que estaba muy cansada y se recostó un segundo para estirar las piernas, él se sentó en la cama y terminaron teniendo relaciones. Se pusieron a fumar en silencio. Ella sentía paz, sentía como si el claro del bosque estuviera abriéndose a su alrededor, y ya no hubiese dudas ni miedo. Después pensó en su familia y le dijo que tenía que irse. Él se levantó. Le preguntó si estaba preparada. Ella dijo que no sabía. Él desató los cordones que unían las partes de la máscara detrás de la nuca, se la quitó y le mostró la cara. Fue nada más que un segundo. Después volvió a ponérsela y la acompañó hasta afuera y se prometieron volver a verse y volver a escribirse sabiendo que nunca más se iban a volver a ver ni a volver a escribir.
Sobre eso escribo, me dijo la mujer, esa noche. Sobre su cara.
Conocí al bombero que encontró el cadáver de la Loca Gribaudo. Era el jefe de una tropa scout de la que formé parte en mi tenebrosa infancia. En las noches de fogón, contaba historia de miedo, como supongo que todos los jefes scouts deben hacer. Y esta era su historia. No había podido dormir bien desde que encontró el cadaver. Había ido al sicoanalista y hasta a una curandera y un médico chino. Nada. Era bombero desde su adolescencia y había visto muchísimas cosas raras. Había visto a un compañero que se cayó del techo con la cabeza partida “como un zapallo”, levantarse y hacer un chiste sobre la caída y sacudirse la ropa con el cerebro expuesto a la luz. La noche del incendio lo llamaron a las dos de la mañana. Se levantó, se vistió, fue al cuartel. Le dijeron que se había incendiado la casa de la Loca Gribaudo. Se subieron a un carro y fueron sin hacer sonar la sirena, porque de todas formas el incendio estaba terminado. Al llegar, había un grupo de vecinos rodeando la casa. Algunos en pijama. Se abrieron paso y rompieron la ventana y regaron con la manguera hasta que el humo se disipó. Después rompieron la puerta con un hacha y entraron. Eran dos: él y un bombero viejo que estaba por jubilarse. En el interior de la casa había olor a carne quemada, como cuando se pasa cerca de un restorán y se siente el olor al asado, nos decía, y el piso estaba lleno de ceniza. Encontraron el cadáver carbonizado debajo de la mesa. Un maniquí completamente negro. El bombero viejo mandó a pedir una camilla y le pidió que la sacara de ahí. No había razón para apurarse. Él se arrodilló, le metió las manos en las axilas y la levantó. Al moverla, la presión del aire caliente en los pulmones hizo que la Loca abriera la boca y aspirara una gran bocanada.
El bombero dio unos pasos hacia atrás y cayó de culo.
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L.
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