pálido jinete

el blog de luciano lamberti

5.8.08


Ediciones Recovecos
presenta"MADE IN CHINA"de Federico Falco
Pablo Natale y Gustavo Crembil acompañarán al autor.
Viernes 8 de agosto. 19,30 hs. Casa de Pepino (Fructuoso Rivera y Belgrano

27.7.08





El escritor y editor Lucas Funes Oliveira cae con sus libros desde la Gran Ciudad. Ejemplares únicos, numerados, cosidos a mano con el sudor de su frente. La escolástica peronista, de Carlos Godoy, Grunge de Alfredo Jaramillo, Música para rinocerontes de Juan Terranova y muchos más.

Pablo Mariño, de Esencia, amenizará la velada con un unplugged exclusivísimo.

Domingo 3 de agosto // 18: 30 hs.
Casa 13 (pasaje Revol casi esquina Belgrano - Paseo de las artes)

más información:

http://www.casa13.blogspot.com/
http://www.editorialfunesiana.blogspot.com/

19.6.08

Sí, pero: ¿Quien es el mentalista Pascual? Respuestas

"Por favor, no permita que nadie lo engañe"
Esta es una frase que repito muchas veces para evitar que las personas no se vean decepcionadas por nada ni por nadie. Pero entonces Usted se preguntará ¿cómo se puede confiar en alguien que aún no conozco? Bueno muy sencillo; un viejo proverbio dice: " cuando bebas agua, asegúrate de que fontana proviene”. Para esto, Usted siempre tiene que solicitar referencias. Imagínese que una persona se presenta para ocupar un puesto de trabajo, seguramente pedirán referencias y antecedentes. Por lo tanto no permita que nadie le prometa algo que después no le podrá cumplir, y tampoco ponga en riesgo su tiempo, sus esperanzas, su dinero, y lo más importante: sus sueños, que son lo que nos mantienen vivos por siempre. Además tenga en cuenta que nadie vende nada, uno simplemente compra. Qué quiero decir con esto? Bueno, que siempre uno es el que tiene la última palabra y por lo tanto también, la obligación de tomar una decisión acertada. Pero quizás Usted además se pregunte, ¿y quién es el Mentalista Pascual?

9.6.08

La cachila (Leopoldo Lugones)




Un gemidito titila

por el aire, donde, en vilo,

como colgada de un hilo

va subiendo la cachila.

Allá cerca ha hecho su nido,

de la huella que en el barro

deja la mula del carro

al pasar cuando ha llovido.

Y así el pajarillo blando,

entre el riesgo y el estruendo,

vive volando y gimiendo,

muere gimiendo y volando.

domingo hermoso domingo


27.5.08

“Lucía ve a la Señora, habla con ella y la oye. Jacinta ve la Señora, la oye, pero no habla con Ella. Francisco ve la Señora, ¡pero no le habla ni la oye!
“Es interesante esta diferencia, ¿no crees, Prazeres? (...)
“Oír a las petisas, verlas en su simplicidad, examinarles su todo, nos impresiona de una manera extraordinaria, y me lleva a concluir que en todo lo que me dicen alguna cosa existe de sobrenatural. Estar con ellas nos choca con una fuerte intensidad... Hoy, Prazeres, es convicción mía que hay un hecho extraordinario que nuestra razón no alcanza. ¿Cuál? Con ansiedad más creciente aún espero el próximo día 13. Lo que es cierto es que nos sentimos bien junto a las pequeñas, y llegamos a perder la noción del tiempo. Hay una atracción que no sé cómo explicar... Una de las impresiones más intensas de los niños es la de la belleza de la Señora. El muchacho, para expresar su admiración decía que era “muy bonitica”!!! Le mostré tu retrato y le pregunté: ¿es más bonita? – «¡Mucho más!»...

11.5.08

everyday is like sunday

y la letra sacada del bueno de zaidenwerg

Pareciera que todos los días es domingo (Morrissey)
Marchás penosamente sobre la arena húmeda
de vuelta al banco en donde te robaron la ropa:
es la ciudad costera que olvidaron cerrar
¡Que llegue el Día del Juicio, que venga de una vez!
Pareciera que todos los días es domingo.
Todos los días son silenciosos y grises.
Escondete en la rambla, escribí una postal:
“Cómo me gustaría estar en otra parte”,
en el balneario que olvidaron bombardear
¡Tiren la bomba atómica, tírenla de una vez!
Pareciera que todos los días es domingo.
Todos los días son silenciosos y grises.
Caminás de regreso sobre arena y guijarros,
y un polvo extraño invade tus manos y tu cara.
Pareciera que todos los días es domingo.
“Ganate un cenicero barato de recuerdo”.
Tomemos, vos y yo, un poco de té rancio.
Todos los días son silenciosos y grises.

9.5.08

El asesino de chanchos


Yo estaba sin trabajo, sin familia, sin domicilio fijo. Era una época difícil, pero tenía la impresión de que era difícil para todos, la época anterior a un gran advenimiento, un gran salto. Mamá vendía café y facturas y criollos en la vereda del Rawson. Ahí parada, en medio del frío de la madrugada, con tres o cuatro termos llenos de café. Papá iba y venía por los pueblos de la zona vendiendo zapatillas truchas en un auto. Zapatillas que imitaban a marcas como Adidas o Nike. Mi único hermano acababa de tener un hijo y sufría lo que se considera un grave problema con el alcohol. Él también estaba desempleado y había vuelto a casa. Le hacía los mandados a las viejas del barrio y con los vueltos compraba cajas de vino. Al terminar las cajas las apilaba al lado de la cama en nuestra vieja pieza de hijos solteros. A veces se meaba encima y se olvidaba de cambiarse y se iba a tomar mates a lo de mi abuela con olor a pis. A veces, me contó mamá, tenía alucinaciones y se veía a sí mismo con cabeza de gorila. Se tocaba la cara y sentía los pelos y la carne granulosa de los gorilas. Una de esas veces había roto con un martillo todos los espejos de la casa. El espejo del baño y el espejo del ropero y el espejo de mano con el que mamá se depilaba sentada en el patio.
Yo vivía con una amiga en una gran casa prestada. Mi amiga se llamaba Mara y diseñaba ropa para animales, sobre todo para perros. Tenía una buena clientela en las veterinarias chic de la ciudad, llamadas también “clínicas para animales”. Su casa, que era una de las primeras casas del pueblo, de techos altos y de incontables habitaciones conectadas de forma intricada, estaba llena de gatos y de perros. Mara era fanática de los animales y había utilizado su amor para algo que le servía a mucha gente. Sus diseños, tejidos o cosidos, eran confeccionados especialmente para cada animal. Hacía vestidos, chombas, bufandas. Hasta zapatos. Había cursado un par de años del Profesorado de pintura en un terciario local y tenía buen gusto para los colores y el equilibrio. En su casa siempre había música y mates amargos y marihuana. También había visitantes ocasionales, viajeros que no tenían casa y que iban de acá para allá buscando algo o simplemente siendo sin preguntarse nada. Paraban unos días antes de volver a la ruta. Yo me levantaba muy temprano, alrededor de las seis o seis y media, desayunaba café y jugo de naranjas con tostadas y salía a dar una vuelta con un par de perros. Siempre elegía un perro distinto, aunque tenía mi preferida: una perra de caza que se llamaba Lucía y era tremendamente cariñosa. Solía saludarme poniéndome el hocico tibio entre las piernas. Siempre la llevaba a ella y a otro perro, elegido al azar. Mara me había dado un juego de llaves y podía moverme libremente. En esa época aprendí a disfrutar la madrugada. La hora en la que en el cielo hay una luz de cobre y en la tierra, entre los árboles de la vereda, una penumbra de ensueño. Caminaba sin apuro, cruzándome con obreros que iban al trabajo en bicicleta y con chicos que iban al colegio y se detenían para mirar o acariciar a los perros. Después llegaba hasta las vías y caminaba hasta la vieja estación abandonada. Subía al puente y miraba a los trenes cargueros desde arriba. A veces encontraba a un tipo durmiendo, envuelto en un montón de ropa, y tenía que sostener a los perros para que no se le fueran encima. A veces, de uno de los vagones del tren abandonado, salía una mujer con un balde de ropa mojada y se ponía a colgarla en una soga. Yo me sentaba en el puente, sacaba un libro y me ponía a leer hasta que el sol me calentaba el cráneo. Mientras tanto dejaba a los perros correr libres por el campo. Al mediodía, me paraba, les silbaba para que volvieran y nos íbamos a casa. Una vez, los perros se demoraron en venir y fui a buscarlos. Bajé los escalones de madera del puente y me metí entre los yuyos, brillantes de rocío, que me mojaron enseguida la pernera de los jeans. Era pleno agosto y hacía mucho frío. Cuando llegué, vi que los perros estaban husmeando el cuerpo de una mujer. Estaba bocabajo, tenía el pelo ondulado y canoso y revuelto. Estaba vestida con una polera gris y pantalones de gimnasia. Por la disposición antinatural de las piernas entendí que había sido atropellada por el tren o que se había tirado a las vías la noche anterior. Se lo conté a Mara y ella me dijo que pasaba mucho. Qué pasaba. Que la gente se tiraba bajo el tren. O que el guarda que bajaba las barreras se quedaba dormido y un auto cruzaba las vías justo en el momento en que venía el tren y era arrastrado y convertido en una masa amorfa de hierros retorcidos. En los días siguientes busqué en las noticias policiales del absurdo diario local alguna mención sobre la mujer muerta, pero Mara me dijo que los suicidios no salían en el diario, por precaución y miedo al contagio. A las tres semanas, Mara me pidió que la ayudara con las cosas de la casa y antes del mediodía me dediqué a hacer las compras en el almacén de Horacio. Compraba latas de tomate y cebollas y arvejas y arroz y hacía grandes guisos multitudinarios cuyas sobras terminaban comiendo los perros. Al almacén lo atendía una mujer gorda que casi no podía moverse. Sentado en la vereda, como el guardían del almacén, estaba Horacio: un hombre muy alto con pantalones de vestir y grandes gafas negras de carey. A veces se levantaba y daba una vuelta a la cuadra con un paso irregular, el pie derecho describiendo un amplio círculo antes de volver a apoyarse. No hablaba, no se reía, a veces respondía con un gemido malhumorado a las palabras de su mujer. Entre él y su mujer había una comunicación perfecta, como la que hay entre las madres y los hijos. Una noche, Mara me contó que antes de tener el almacén, Horacio tenía una sodería, pero que la explosión de un sifón de vidrio le había volado parte de la cara. Mara lo había conocido antes del accidente y verlo ahora le daba una mezcla de impresión y miedo. Mientras me lo contaba se largó a llorar, menos por el hombre que por ella misma. La abracé y acto seguido, no sé cómo, me vi desnudo encima de ella, entre ella, y me dije que sí, sí, todo podía pasar, yo dejaría que todo pase y todo lo que pasaba era bueno y todo lo que pasaba era justo. Desde esa tarde pasamos mucho tiempo haciendo el amor sin oír el teléfono ni el timbre. Había una montaña de platos sucios en la bacha. Los perros tenían hambre.
Pensé en hacer un viaje, un largo viaje que recorriera el país y quizás algún país limítrofe. Quizás toda latinoamérica. Me gustaba esa idea. Conseguir trabajos esporádicos, vivir un tiempo en cada pueblo, desaparecer misteriosamente a las dos semanas. Ser un hombre sin nombre y sin amigos y sin vida: eso hubiera sido fantástico. A Mara le gustó la idea y me ofreció trabajo para juntar algo de plata. Aprendí a hacer prendas para animales. En esa época, apareció el diario la noticia de que un hombre, un loco que vivía sólo en una casa de campo, había estado asesinando personas a un par de kilómetros del pueblo. La prensa nombró al caso como el asesino de chanchos, porque el hombre criaba y mataba chanchos. Lo describieron como un tipo alto y gordo, de brazos gordos y pálidos, que usaba un gran delantal de goma y botas de goma para evitar mancharse. Uno de los clientes habituales había ido a verlo para comprarle un chancho y encontró la casa vacía y en el fondo de la casa un tacho de doscientos litros lleno de partes humanas. Brazos, piernas, todo trozado. El hombre vomitó y luego corrió y luego vomitó mientras corría. Dos de las víctimas se identificaron. Vivían lejos de la zona y la policía creía que el asesino las había adormecido en su lugar de origen y las había cargado en el rastrojero donde llevaba los chanchos. Una era una adolescente de catorce años que se llamaba Judith Gonzaga. Estudiaba en el colegio San Martín y daba catequesis a un grupo de chicos los sábados a la mañana. La otra víctima era un cliente habitual del asesino que se llamaba Víctor Novello y tenía campos cerca de Quebracho Herrado. La policía buscó al asesino por semanas enteras. Con Mara nos asustábamos pensando en que iba a abrir la puerta y nos iba a despellejar con su cuchillo de carnicero.
Al fin lo encontraron. Estaba en la casa de una prima, en Río Cuarto, tomando mates y viendo televisión. Se había puesto de moda y accedió a dar un par de entrevistas para revistas de Buenos Aires, donde se declaró culpable de todo y dijo no estar arrepentido. Yo ya había preparado un bolso y me despedí de Mara y sus perros y sus amigos y esa misma tarde caminé hasta la ruta para hacer dedo. Se detuvo un camión. Me subí. El camión arrancó.

24.4.08

Una visita al Señor

Mi abuela enfermó de los huesos y fuimos a ver a un sanador. Un curandero, un santo, como se le quiera llamar. Le decían el Nene, no sé porqué, y vivía en San Juan, en un valle rodeado de montañas rojizas y a cincuenta kilómetros de cualquier asentamiento civilizado. Cuando nosotros fuimos no era famoso, o sí era famoso pero no había salido en el diario ni en la televisión, y la gente iba a verlo desde lugares extrañísimos. Les llevaban flores y velas y aunque el Nene siempre lo rechazó, rezaban por él, a través suyo. Pedían su intercesión, como si tuviera contacto directo con Jesucristo o con La Virgen. Yo oí hablar de él y creí, aunque nunca creo. Oí que había levantado a muchos paralíticos y que había resucitado el perro muerto de un niño que lloraba y que había materializado unos bollos de pan para una multitud hambrienta. Al oír hablar del Nene se abría una puerta, una diminuta y oxidada puerta. Ingresaba la luz. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.


La empresa se llamaba Los Crespines. Organizaban excursiones educativas, familiares o para la tercera edad. Cada dos meses, hacía viajes especiales hacia el valle donde vivía el Nene. Los viajes no eran baratos, pero tampoco representaban un gasto desmesurado, y el Nene no cobraba a sus fieles más que un alimento no perecedero, una bolsa de arroz, de fideos, de polenta, una lata de arvejas, que luego eran donados a los pobres. Salimos a las diez de la noche. Hacía mucho frío y el colectivo estaba estacionado frente a la terminal. No en la terminal, sino al frente. Habríamos sido unas treinta o treinta cinco personas. Algunos se habían llevado un banquito de camping y se habían sentado para esperar el colectivo. Otros tomaban mate o café en la tapa de un termo. Mi mamá me dio muchísimas recomendaciones antes de que subamos al colectivo, y las olvidé a todas excepto a una muy extraña: No dejes que tu abuela se baje antes de llegar. ¿Qué quería decir con eso? Todavía no lo sé. Estábamos afuera del auto mirando en direcciones distintas. Después el chofer subió a la cabina y abrió la puerta con un soplido. Ayudé a mi abuela a subir la escalera y ella gimió audiblemente mientras yo la sostenía del brazo, pero cuando nos ubicamos en nuestros asientos sonreía en todas direcciones y aprovechó la oportunidad para volver a contarme porqué le dolían los huesos. Sus teorías al respecto. Cuando era jóven se despertaba a las cuatro de la mañana para ordeñar. Ordeñaba sentada en un banquito de madera, bajo un techo de chapa sin paredes. Al primer rayo del sol, sobre ella y sus hermanos, sobre las vacas y el campo, sobre el campo argentino y sobre los teros y sobre la vizcachas y los gauchos, caía el rocío. El rocío cae sobre uno y penetra, por más que uno se abrigue o tome precauciones el rocío atraviesa el abrigo, capa tras capa, y luego atraviesa la piel y los músculos y enfría el líquido que hay en el interior de los huesos. Como una inyección. Un frío imposible de sacar alojado en los huesos, royendo los huesos. Incluso ahora mientras lo recuerda mi abuela se estremece, como si la mención del frío lo despertara y lo pusiera a trabajar. El rocío le había desgastado las articulaciones, las rodillas se le hinchaban y varias veces la habían intentado operar. Le habían abierto las rodillas y le habían puesto prótesis metálicas en las rótulas. Había tenido que estar un par meses con las piernas levantadas, sujetas a poleas, antes de volver a levantarse, y cuando volvió a levantarse había tenido que aprender a caminar como si fuera un chico. Todo por el rocío, el maldito rocío.


Habíamos pasado el primer peaje y había cabezas alrededor de nuestros asientos, interesadas en oír y opinar y después también contar, ellos mismos, sus relatos de redención. Un hombre pelado con camisa a cuadros dijo que iba porque a su hija, que dormía unos asientos más atrás, le habían diagnosticado leucemina el verano anterior. Una mujer que comía compulsivamente caramelos mentolados nos contó que se estaba quedando ciega. Otro, que el negocio (una ferretería) andaba mal y estaba a punto de quebrar. Incluso cuando el chofer apagó las luces, y el colectivo se hundió en la oscuridad, la oscuridad pura sin estrellas del exterior, las voces continuaron. Cerré los ojos y me dormí.


Desperté a la madrugada. Amanecía. Muchos tomaban mates o el café barroso de colectivo, conversaban en voz baja. Oí que habíamos atravesado hacía un par de horas la capital de San Juan, y al mirar por la ventanilla casi doy un salto. Me dio miedo u otra cosa parecida al miedo. La ruta se internaba en el desierto. No había nada, pero nada de nada. Campos sin alambrar, sin animales. Ni pájaros ni insectos, nada. Ni siquiera postes de luz. La tierra cubierta de piedras redondas. Piedras de distinto tamaño. Un bebé lloraba. Mi abuela dormía con la boca abierta.
Me levanté a buscar un café y cuando volví se había despertado y había sacado de no sé donde una de esas revistas gratuitas de los Testigos de Jehová. A veces las leía. Le dí mi café y fui a buscarme otro. En el camino me crucé con el pelado de camisa a cuadros que se había sentado en el apoyabrazos del asiento y charlaba con los que tenía al lado. Me guiñó el ojo.
Me senté y me puse el walkman y oí un par de temas de “Canción animal”, de Soda Stéreo, que había salido un par de meses antes. Mi abuela me habló y me saqué los auriculares. Me dijo que no faltaba mucho para llegar. El colectivo se internó en un camino de tierra que bordeaba la montaña y al rato el chofer anunció que se veía el techo la casa. Nos asomamos a la parte derecha del colectivo. Abajo, en medio del valle solitario había una casita diminuta. Al costado de la casa había cinco o seis colectivos estacionados uno al lado del otro. Ya era de día.
Las montañas, quizás por el mineral del que estaban constituídas, eran rojas como las montañas de marte que uno ve en las fotos de los viajes espaciales. El colectivo subió las montañas en espiral y luego bajó abruptamente hacia el valle. Cuando estábamos llegando, algunos impacientes se pusieron de pie y se amontonaron en el pasillo. La puerta se abrió con un silbido. Bajamos y nos unimos a la gente que esperaba. Mi abuela empezó a hablar de inmediato con dos mujeres de más o menos su edad, que tenían polleras gruesas y estaban paradas al lado del colectivo. Afuera había viento y de inmediato se me taparon los oídos. Oía todo lo que pasaba pero a través de una capa, una lámina que me separaba del mundo.
Los que hablaban, decían todos lo mismo: si uno no cree, el Nene no puede hacer nada. Si no cree, no funciona, así de simple. El Nene usa la energía, la fe de cada uno. El chofer de nuestro colectivo, un hombre con el pelo corto y los hombros altos, que parecía carecer por completo de cuello, pasó entre nosotros diciendo que una chica iba a recoger los alimentos y que quizás el Nene se dirigiría a la multitud antes de empezar a atender. A veces salía y hablaba en voz alta para todos, daba un mensaje que todos más o menos podían considerar como suyo, o rezaba junto a las viejas una novena del rosario. Lo había hecho un par de veces.
Esta vez no lo hizo.



La chica que pasó a recoger los alimentos estaba vestida como una testigo de Jehová. Pollera larga, camisa con hombreras, pelo lacio. Algunos decían que era la novia, la hija o la sobrina del Nene. Ponía las bolsas en una bolsa de consorcio. Cuando pasó al lado nuestro, mi abuela le mostró el paquete de spaguetis antes de ponerlo en la bolsa y le preguntó algo, no recuerdo qué. La chica no respondió en absoluto, ni siquiera con un gesto. Luego formamos una fila. La fila entraba por una puerta a la casa del Nene y salía después por otra puerta. Mucha rapidez. Los que esperábamos de un lado tratábamos de ver si en los otros, en los que ya habían salido, podía registrarse algún cambio visible. Mi abuela, que tenía que formar la cola de pie, empezó a quejarse del dolor en las rodillas. Alguien le ofreció un banco de lona y ella se sentó. Había gente en silla de ruedas, gente con el ojo tapado por una gasa, gente con muletas, niños con labio leporino o con un barbijo que les cubría la mitad de la cara. Pensé: estoy en el infierno. Esto es un campo de batalla después de una batalla. Cuando llegó nuestro turno, me temblaban las piernas, un poco por el cansancio y un poco porque estaba excitado, ansioso. La puerta de la casa estaba abierta y había una esterilla de cuentas colgando del marco. Desde el interior nos llegaba una luz tenue y olor a incieso y a sahumerios. La chica que había recogido el alimento, hacía pasar a las personas de a una, incluso si habían venido a acompañar o ayudar a alguien. En eso el Nene, dijeron, era inflexible. También los choferes tenían que pasar. Dejé a mi abuela primera y me quedé a un metro de la esterilla, mirando alternativamente la luz que venía del interior y a la chica con expresión impasible de empleado público. Oí la voz del Nene hablando con mi abuela. No entendía las palabras pero me asombraba la fuerza y la rispidez de esa voz, como si fuera la de un hombre de campo llamando a las vacas o algo así. Después un grupo de personas se puso a cantar y dejé de oírla. No sé si estaban esperando para ver al Nene o si ya lo habían visto. Cantaban: Señor, me has mirado a los ojos, / sonriendo, has dicho mi nombre, / en la arena he dejado mi barca, / junto a ti, buscaré otro mar.


Me llegó mi turno. Corrí la cortina y entré. Las paredes estaban cubiertas de rosarios y estampas de la virgen. Era el comedor de una casa cualquiera, una casa de campo. Había velas encendidas y derretidas en el piso y los muebles. Había olor a rosas, no a incienso ni a sahumerios. Pero no había rosas. El aire me oprimía la cabeza.
El Nene estaba de espaldas, y tardó unos segundos en darse vuelta. Era gordo y alto, muy alto, más de dos metros, y tenía el pelo largo y una barba rojiza, profusa, que le llegaba hasta el pecho. Estaba vestido con botas, camisa y bombacha de gaucho. Se acercó y me miró. Se me destaparon los oídos. Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo. Me dijo: Todo lo que pasa es inevitable. Lo que pasó, no puede volver a pasar, no puede ser arreglado de ninguna forma. Después me nombró a una persona que yo quería mucho y que se había muerto hacía poco tiempo. Luego me dijo algo que no puedo decirle a nadie. Le dije que sí, que entendía. Cuando le iba a hacer una pregunta, me empujó con una fuerza un poco excesiva hacia la salida. Antes de salir, por otra cortina idéntica a la de la entrada, vi la foto de alguien desconocido en una silla cubierta de velas.


Mi abuela estaba sentada en una reposera que alguien le había cedido. Tomaba mate con otras viejas. Me sequé los ojos, me acerqué y me quedé al lado suyo. No pude hablar, por un largo rato. Cuando recuperé la voz le pregunté qué le había pasado. Yo tenía once años y en el lugar donde el Nene me había apoyado la mano tendría una cicatriz para toda la vida.
No sé muy bien, dijo mi abuela.
¿Pero te sigue doliendo?, pregunté.
Sí, claro, dijo mi abuela.

17.4.08

hermosa poesía


Archivo del blog