Mi abuela enfermó de los huesos y fuimos a ver a un sanador. Un curandero, un santo, como se le quiera llamar. Le decían el Nene, no sé porqué, y vivía en San Juan, en un valle rodeado de montañas rojizas y a cincuenta kilómetros de cualquier asentamiento civilizado. Cuando nosotros fuimos no era famoso, o sí era famoso pero no había salido en el diario ni en la televisión, y la gente iba a verlo desde lugares extrañísimos. Les llevaban flores y velas y aunque el Nene siempre lo rechazó, rezaban por él, a través suyo. Pedían su intercesión, como si tuviera contacto directo con Jesucristo o con La Virgen. Yo oí hablar de él y creí, aunque nunca creo. Oí que había levantado a muchos paralíticos y que había resucitado el perro muerto de un niño que lloraba y que había materializado unos bollos de pan para una multitud hambrienta. Al oír hablar del Nene se abría una puerta, una diminuta y oxidada puerta. Ingresaba la luz. No soy digno de que entres en mi casa pero una palabra tuya bastará para sanarme.
La empresa se llamaba Los Crespines. Organizaban excursiones educativas, familiares o para la tercera edad. Cada dos meses, hacía viajes especiales hacia el valle donde vivía el Nene. Los viajes no eran baratos, pero tampoco representaban un gasto desmesurado, y el Nene no cobraba a sus fieles más que un alimento no perecedero, una bolsa de arroz, de fideos, de polenta, una lata de arvejas, que luego eran donados a los pobres. Salimos a las diez de la noche. Hacía mucho frío y el colectivo estaba estacionado frente a la terminal. No en la terminal, sino al frente. Habríamos sido unas treinta o treinta cinco personas. Algunos se habían llevado un banquito de camping y se habían sentado para esperar el colectivo. Otros tomaban mate o café en la tapa de un termo. Mi mamá me dio muchísimas recomendaciones antes de que subamos al colectivo, y las olvidé a todas excepto a una muy extraña: No dejes que tu abuela se baje antes de llegar. ¿Qué quería decir con eso? Todavía no lo sé. Estábamos afuera del auto mirando en direcciones distintas. Después el chofer subió a la cabina y abrió la puerta con un soplido. Ayudé a mi abuela a subir la escalera y ella gimió audiblemente mientras yo la sostenía del brazo, pero cuando nos ubicamos en nuestros asientos sonreía en todas direcciones y aprovechó la oportunidad para volver a contarme porqué le dolían los huesos. Sus teorías al respecto. Cuando era jóven se despertaba a las cuatro de la mañana para ordeñar. Ordeñaba sentada en un banquito de madera, bajo un techo de chapa sin paredes. Al primer rayo del sol, sobre ella y sus hermanos, sobre las vacas y el campo, sobre el campo argentino y sobre los teros y sobre la vizcachas y los gauchos, caía el rocío. El rocío cae sobre uno y penetra, por más que uno se abrigue o tome precauciones el rocío atraviesa el abrigo, capa tras capa, y luego atraviesa la piel y los músculos y enfría el líquido que hay en el interior de los huesos. Como una inyección. Un frío imposible de sacar alojado en los huesos, royendo los huesos. Incluso ahora mientras lo recuerda mi abuela se estremece, como si la mención del frío lo despertara y lo pusiera a trabajar. El rocío le había desgastado las articulaciones, las rodillas se le hinchaban y varias veces la habían intentado operar. Le habían abierto las rodillas y le habían puesto prótesis metálicas en las rótulas. Había tenido que estar un par meses con las piernas levantadas, sujetas a poleas, antes de volver a levantarse, y cuando volvió a levantarse había tenido que aprender a caminar como si fuera un chico. Todo por el rocío, el maldito rocío.
Habíamos pasado el primer peaje y había cabezas alrededor de nuestros asientos, interesadas en oír y opinar y después también contar, ellos mismos, sus relatos de redención. Un hombre pelado con camisa a cuadros dijo que iba porque a su hija, que dormía unos asientos más atrás, le habían diagnosticado leucemina el verano anterior. Una mujer que comía compulsivamente caramelos mentolados nos contó que se estaba quedando ciega. Otro, que el negocio (una ferretería) andaba mal y estaba a punto de quebrar. Incluso cuando el chofer apagó las luces, y el colectivo se hundió en la oscuridad, la oscuridad pura sin estrellas del exterior, las voces continuaron. Cerré los ojos y me dormí.
Desperté a la madrugada. Amanecía. Muchos tomaban mates o el café barroso de colectivo, conversaban en voz baja. Oí que habíamos atravesado hacía un par de horas la capital de San Juan, y al mirar por la ventanilla casi doy un salto. Me dio miedo u otra cosa parecida al miedo. La ruta se internaba en el desierto. No había nada, pero nada de nada. Campos sin alambrar, sin animales. Ni pájaros ni insectos, nada. Ni siquiera postes de luz. La tierra cubierta de piedras redondas. Piedras de distinto tamaño. Un bebé lloraba. Mi abuela dormía con la boca abierta.
Me levanté a buscar un café y cuando volví se había despertado y había sacado de no sé donde una de esas revistas gratuitas de los Testigos de Jehová. A veces las leía. Le dí mi café y fui a buscarme otro. En el camino me crucé con el pelado de camisa a cuadros que se había sentado en el apoyabrazos del asiento y charlaba con los que tenía al lado. Me guiñó el ojo.
Me senté y me puse el walkman y oí un par de temas de “Canción animal”, de Soda Stéreo, que había salido un par de meses antes. Mi abuela me habló y me saqué los auriculares. Me dijo que no faltaba mucho para llegar. El colectivo se internó en un camino de tierra que bordeaba la montaña y al rato el chofer anunció que se veía el techo la casa. Nos asomamos a la parte derecha del colectivo. Abajo, en medio del valle solitario había una casita diminuta. Al costado de la casa había cinco o seis colectivos estacionados uno al lado del otro. Ya era de día.
Las montañas, quizás por el mineral del que estaban constituídas, eran rojas como las montañas de marte que uno ve en las fotos de los viajes espaciales. El colectivo subió las montañas en espiral y luego bajó abruptamente hacia el valle. Cuando estábamos llegando, algunos impacientes se pusieron de pie y se amontonaron en el pasillo. La puerta se abrió con un silbido. Bajamos y nos unimos a la gente que esperaba. Mi abuela empezó a hablar de inmediato con dos mujeres de más o menos su edad, que tenían polleras gruesas y estaban paradas al lado del colectivo. Afuera había viento y de inmediato se me taparon los oídos. Oía todo lo que pasaba pero a través de una capa, una lámina que me separaba del mundo.
Los que hablaban, decían todos lo mismo: si uno no cree, el Nene no puede hacer nada. Si no cree, no funciona, así de simple. El Nene usa la energía, la fe de cada uno. El chofer de nuestro colectivo, un hombre con el pelo corto y los hombros altos, que parecía carecer por completo de cuello, pasó entre nosotros diciendo que una chica iba a recoger los alimentos y que quizás el Nene se dirigiría a la multitud antes de empezar a atender. A veces salía y hablaba en voz alta para todos, daba un mensaje que todos más o menos podían considerar como suyo, o rezaba junto a las viejas una novena del rosario. Lo había hecho un par de veces.
Esta vez no lo hizo.
La chica que pasó a recoger los alimentos estaba vestida como una testigo de Jehová. Pollera larga, camisa con hombreras, pelo lacio. Algunos decían que era la novia, la hija o la sobrina del Nene. Ponía las bolsas en una bolsa de consorcio. Cuando pasó al lado nuestro, mi abuela le mostró el paquete de spaguetis antes de ponerlo en la bolsa y le preguntó algo, no recuerdo qué. La chica no respondió en absoluto, ni siquiera con un gesto. Luego formamos una fila. La fila entraba por una puerta a la casa del Nene y salía después por otra puerta. Mucha rapidez. Los que esperábamos de un lado tratábamos de ver si en los otros, en los que ya habían salido, podía registrarse algún cambio visible. Mi abuela, que tenía que formar la cola de pie, empezó a quejarse del dolor en las rodillas. Alguien le ofreció un banco de lona y ella se sentó. Había gente en silla de ruedas, gente con el ojo tapado por una gasa, gente con muletas, niños con labio leporino o con un barbijo que les cubría la mitad de la cara. Pensé: estoy en el infierno. Esto es un campo de batalla después de una batalla. Cuando llegó nuestro turno, me temblaban las piernas, un poco por el cansancio y un poco porque estaba excitado, ansioso. La puerta de la casa estaba abierta y había una esterilla de cuentas colgando del marco. Desde el interior nos llegaba una luz tenue y olor a incieso y a sahumerios. La chica que había recogido el alimento, hacía pasar a las personas de a una, incluso si habían venido a acompañar o ayudar a alguien. En eso el Nene, dijeron, era inflexible. También los choferes tenían que pasar. Dejé a mi abuela primera y me quedé a un metro de la esterilla, mirando alternativamente la luz que venía del interior y a la chica con expresión impasible de empleado público. Oí la voz del Nene hablando con mi abuela. No entendía las palabras pero me asombraba la fuerza y la rispidez de esa voz, como si fuera la de un hombre de campo llamando a las vacas o algo así. Después un grupo de personas se puso a cantar y dejé de oírla. No sé si estaban esperando para ver al Nene o si ya lo habían visto. Cantaban: Señor, me has mirado a los ojos, / sonriendo, has dicho mi nombre, / en la arena he dejado mi barca, / junto a ti, buscaré otro mar.
Me llegó mi turno. Corrí la cortina y entré. Las paredes estaban cubiertas de rosarios y estampas de la virgen. Era el comedor de una casa cualquiera, una casa de campo. Había velas encendidas y derretidas en el piso y los muebles. Había olor a rosas, no a incienso ni a sahumerios. Pero no había rosas. El aire me oprimía la cabeza.
El Nene estaba de espaldas, y tardó unos segundos en darse vuelta. Era gordo y alto, muy alto, más de dos metros, y tenía el pelo largo y una barba rojiza, profusa, que le llegaba hasta el pecho. Estaba vestido con botas, camisa y bombacha de gaucho. Se acercó y me miró. Se me destaparon los oídos. Me puso una mano en la cabeza y me largué a llorar. No quería hacerlo pero tampoco podía evitarlo. Me dijo: Todo lo que pasa es inevitable. Lo que pasó, no puede volver a pasar, no puede ser arreglado de ninguna forma. Después me nombró a una persona que yo quería mucho y que se había muerto hacía poco tiempo. Luego me dijo algo que no puedo decirle a nadie. Le dije que sí, que entendía. Cuando le iba a hacer una pregunta, me empujó con una fuerza un poco excesiva hacia la salida. Antes de salir, por otra cortina idéntica a la de la entrada, vi la foto de alguien desconocido en una silla cubierta de velas.
Mi abuela estaba sentada en una reposera que alguien le había cedido. Tomaba mate con otras viejas. Me sequé los ojos, me acerqué y me quedé al lado suyo. No pude hablar, por un largo rato. Cuando recuperé la voz le pregunté qué le había pasado. Yo tenía once años y en el lugar donde el Nene me había apoyado la mano tendría una cicatriz para toda la vida.
No sé muy bien, dijo mi abuela.
¿Pero te sigue doliendo?, pregunté.
Sí, claro, dijo mi abuela.