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Córdoba

En frente de la habitación donde vive
hay una pareja de recién casados,
con un recién nacido que llora todo el día.
La pediatra le recetó a los padres que lo dejaran
llorar, que no lo malacostumbraran. Una vez,
hurgando en la parte alta del ropero de su casa natal,
él encuentra un libro (La educación de nuestros hijos)
que perteneció a su mamá, con la misma idea:
si se lo deja llorar, el chico aprende que llorar es inútil.

Ahora oye llorar a ese bebé desconocido,
debajo del cuarteto y reggaeton que oyen los padres
para tapar el llanto. Y afuera, en el depósito de botellas
donde vive, alguien corta unos hierros. Alguien tose,
se aclara la garganta y escupe.
Es un día de junio con viento en la cima.

Él está en el centro neurálgico de todos los ruidos.
El está comprando boludeces en la gran feria marciana
de la peatonal. El está limpiándose
los lentes llenos de tierra
en el reducido espacio de su pieza.
El esqueleto inservible
de una cama. La mesa cubierta de ceniceros
y saquitos de té. Una montaña de ropa.

Él vive en el fondo de un depósito de gaseosas
y botellas de Vino Don Ernesto, y todas las
tardes un camión estaciona en la entrada
y dos negros cambian los cajones de botellas vacías
por botellas llenas. El oye las botellas tintineando
en los cajones. Oye la respiración de sus vecinos.
Oye las conversaciones del departamento de enfrente.
No puede quedarse quieto en un lugar, no puede estar solo,
no puede estar con nadie.

El padre del bebé le dice a la madre
que lave la ropa. Se lo dice con calma:
Gaby, dice, lavá esa ropa.
Lavá esa ropa, Gabriela.
Lavá esa ropa, Gabriela.
Dale, dale. Lavá esa ropa, Gabriela.
Lavá esa ropa, Gabriela.
Luego se persiguen,
algo estalla, Gabriela llora,
luego llora el chico,
luego ella dice, con calma:
Andate, Sergio.

¿Qué hacer, qué? El otro día, precisamente,
el dueño de una fotocopiadora lo estafó.
Y su lugar de trabajo se había inundado.
Había agua en el piso, agua en las paredes.


Esa señora que escribe poemas para sus nietos,
sola en una casa llena de plantas,
una casa resplandenciente impecable,
una casa con un banco en la vereda y
un esposo chiquito de bigote y dedos amarillos
tomando un gancia.

El quisiera ser esa señora.
Su casa está llena de ropa inservible, y cuando
va a tender esa ropa en el patio de portland,
se cruza con el vecino
que es guardia de seguridad en el shopping
y oye la radio Suquía
todo el tonto día.

Vive en Villa Los Chinos y está colgado de la luz.
Una señora en un kiosquito enrejado le vende
garrafas de diez kilos.
Y en la calle hay pilas de basura encendida,
ardiendo sin descanso, con un fuego interior inextinguible,
como señales dispersas en el paisaje.

Relámpagos que extraen de los objetos su oscuridad.

Está. Es. Deja de ser,
como el que toma apuntes en el supermercado,
en rachas de helada vigilia entre dos estornudos.

Viviría en la pureza del acontecimiento.
Y con sólo tres canales:
diez, ocho y doce, repetidoras
de canales de Buenos Aires, donde
mira las noticias del interior:
accidentes de tránsito, reclamos salariales,
crímenes escandalosos.

Lava la ropa en el lavadero,
cuelga la ropa en el tendedero.

Él es como ese chico que se mira durante horas
en un espejo de mano, probando caras, gestos inusuales
y usuales.
Él no ha dejado de ser
el que nadaba solo durante horas,
el que afilaba las ramas con un cuchillo,
el que jugaba a la guerra entre el sorgo.


Amigos de viaje envían saludos.
Amigos en el exilio real de su generación.
El está exiliado en su pieza,
con la computadora sobre una mesa robada,
hablándole con los ojos a los muertos. Hola, que tal.
Enseñando literatura a pendejos adormecidos.
Oyendo llorar a los divorciados.
Oyendo la máquina en su cuerpo.

Brilla en él un ascua que se extingue.
Lo que podría haber sido ha brillado.

Estoy de un salto en mí. Salto hacía mí
desde afuera. Salto afuera del círculo.
Salta lo que soy dentro mío.


Propagación de cosas vivas en él.

Y a veces va de Córdoba a San Francisco,
mirando un triller policial en un descompuesto
televisor de colectivo,
con toda la buena gente de campo roncando y tosiendo
en el Expreso a oscuras. Cuando se levanten,
en la terminal, los asientos conservarán
un instante su temperatura.

Este trabajaba moliendo piedras en una cantera.
A este la nuera la reventó el cáncer.
Este se afeitaba en cueros en la vereda de su casa.
Este fue a la guerra. Este chiquitito se lo comió.
Esta le puso veneno al café del marido, y el marido
se quedó ciego y se hizo mataronista
con relativo éxito.

El destino es el encuentro del individuo con su clase.

La buena gente de campo vive sumida
en el ruido de fondo de la humanidad,
la marcha de sus eyaculaciones,
terminales con mosaicos rojos cubiertos de grasa,
donde un chico tuerto pasa el escobillón.


Engordará. Se irá resintiendo.
Levantará una habitación de catolicismo militante.

El tiene un secreto, como todos en el interior.
El no quiere salir de su casa. El quiere volver a mostrar
su pañuelo. Quiere escribir la poesía del amor
para la niña a la que a veces una sombra
le come la cara, algo que no pertenece
a esta época, algo imprescindible.

El está limpiándose los lentes y soñando
el sueño de la buena gente de campo: una casa
que abraza, un par de chicos robustos y vigorosos.
Y macetas, millones de macetas,
macetas en tarros oxidados, macetas verdes y rojas,
macetas en pavas y en conservadoras de tergoporl,
llenas de plantas guachas, prehistóricas, mutando.


Tomaría un gancia en el patio, haría pesas en el patio.
Educaría la mente y el cuerpo con el mismo rigor.

Dejaría que el tiempo pase allá arriba sin escribir
una sóla palabra.

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